Consideraciones humanas sobre cuestiones inútiles, innecesarias e imperfectas de la profesión atea. Compartir lo efímero, testimoniar lo disoluto, aullar ante el silencio. Aulla! Aulla!

3/28/2007

UNA APORÍA INSOSLAYABLE

Durante siglos los estados, las naciones, sacrificaron vidas para sustentarse, de modo que la muerte de sus caídos anónimos fuera uno de sus pilares. La mortalidad cobraba así sentido aún en su anonimato, vivificando la vida de los súbditos. Hoy, los estados sacrifican a la propia muerte, banalizándola expositivamente, en una representación reiterada de cifras estadísticas para mantener sus sistemas productivos fundamentados en cómo evitarla.

Por otro lado las religiones, transformadas en Estados virtuales, contribuyen al sacrificio por la inmortalidad que pregonan sus credos con el martirio de fieles para su causa. La muerte, como consecuencia natural, ve usurpada su carácter de límite y se transforma en vehículo redentor para el fiel que se inmola. La muerte ya no es el fin, sino el único medio para insustanciarse de una vida indigna.

El sujeto masa sólo puede singularizarse inmolándose como mártir en la guerra de un estado o de un credo contra sus adversarios. La "liberación" por la muerte rompe así el maleficio y la condena al anonimato.

En este contexto, sólo la acción de morir matando confiere transcendencia al hecho de vivir ignorado. La causa de la muerte del suicida ejecutor es legítima en la medida en que su acción es elegible, y también por ello evitable. Por el contrario, la muerte de su víctima es ilegítima porque no es evitable desde sí mismo al no depender de sí.

La legitimidad o no de la muerte se sustenta hoy en su causalidad y por ende en su evitabilidad. De ahí que para los verdugos o para los que como tal ejercen toda muerte es indigna para quien la recibe, pero dignifica por el contrario a quien la presta.

Desde esta lógica, y paradójicamente, la eutanasia activa, como prestación sustitutiva de los cuidados terminales, es una indignidad tanto para el que la recibe como para quien la presta, porque, mientras pueda evitarse causalmente, no estará en ningún modo legitimada su facilitación.

Morir sin causa, sin motivo, "naturalmente", es algo que pertenece al tiempo del asombro. Hoy nada sorprende por el secuestro que las imágenes han hecho del mundo. Lo circunstancial ha sido sustituido por lo causal. Lo ambiental ha perdido consistencia frente a lo orgánico. La ley produce la circunstancia, crea el orden, no se proclama por ella ni emana de él.

De este modo la muerte como respuesta al caos, a la entropía cinética, a la incertidumbre, ya no es absurda, sino que se torna en solución reglamentada, causalizada, autorizada y normalizada. De ahí que la muerte, inducida por la seducción de sí misma, sea la morfología de la sinrazón, el símbolo de toda transcendencia onanista.

3/22/2007

MANIFIESTO TRANSIDO

En el cielo los bienaventurados son gloriosos
(La Chanson de Roland, V 2899)

Una vez que se reconoce la singularidad, cuando el yo forjado en la sangre accede al dominio y escapa del anonimato, cuando los signos suplantan al sentido, surge el acercamiento entre inmortalidad y gloria. Entonces, la continuidad de la vida sólo es posible en el recuerdo.

Trascender la existencia es prolongarla en evocación colectiva. El "cielo" es la gloria y a ella se accede por nuestras obras. Ejercer y ejecutar esas acciones que nos inmortalicen antes de que la cronología se detenga, mientras la sucesión no se rompa. Registrar en la memoria colectiva nuestra presencia en un recuerdo permanente, líquido referencial, signo inequívoco de hechos, actos, obras.

Han ganado la gloria aquellos reconocidos públicamente tras su desaparición física. Son estrellas con luz propia de un firmamento físico-cuántico, allí en los confines de cada evocación, apóstoles de un nuevo credo ano-material, cuando la liturgia del sinsentido regurgite de entre los espectadores.

El otro estado, purgativo, y no por ello ajeno a la transcendencia, lo evocan aquellos otros que intentándolo no consiguen arrebatar su presencia al moribundo del que parten. No obstante, esperan que con el caminar de Cronos sean recuperados. Dios-masa podrá llamar entonces a su puerta y aliviarles del trance del "purgatorio": ese velador gaseoso de anónimos temporales.

En el "infierno", reducto del olvido interminable de lo común, se recogen los sin nombre, aquellos por los que de sus obras no son reconocidos; los sin rostro, transidos, que de ser recordados lo serán únicamente como goznes de una cadena ribonucleica.

3/16/2007

IDENTIDAD

“Las naciones no existen. Existen los territorios y las poblaciones de distintas especies que viven en ellos, incluida la especie humana, pero los humanos que viven en cualquier territorio son siempre de distinta raza, de distinta lengua, y demás ”.
Jesús Mosterín.


La identidad ha sido un grave problema para determinados individuos, también para ciertos grupos, algunos llegan a sospechar que para algunas razas o incluso para la especie en su conjunto.

Quizá la identidad sea un canto a la diferencia, a la singularidad ante lo común o lo idéntico. Pero también puede ser la invocación al enfrentamiento sanguinario, al dominio y la imposición de una cultura sobre otra.

Puede que el problema de la identidad sea de origen divino. Fue Dios el que condenó a los humanos a no entenderse, obligándoles a hablar distintas lenguas. Y las distintas lenguas quizá no fueran otra cosa que distintas religiones. De ahí que el sentimiento de nacionalidad, como cuerpo precipitado de la identidad –su expresión ideológica- pueda ser, desde su origen, una cuestión próxima al dogmatismo e intolerancia religiosa.

En singular la identidad quizá fuera la primera prótesis que necesitó el ser al sentirse desvalido en aquél mundo de las semejanzas animistas. La consciencia de sí, de una incongruencia inentendible pudo ser un paso significativo en la disposición individual para abrazar un código, un maquillaje, un elemento de diferenciación.

También pudo ser como señala R. Argullol, el refugio o el camuflaje en contra de “un extranjero que habita en nuestro interior”, y al que nunca hemos dado asilo.

En este sentido la búsqueda de la identidad fue pareja al sentimiento de disociación que produjo en el hombre su separación del mundo, su dislocación y percepción a través de una mirada desde la exterioridad, el primer “brote”… de conciencia.

La Identidad tuvo que ver con una obsesión por recuperar en el ser humano aquello que ya no se sabe qué es, una contingencia que evite el vacío que nos rodea, una forma que nos contiene al nacer y que nos transciende al morir.

El “hombre salvaje” nunca se vio enfrentado a su semejanza pues no se sentía distinto de sí ni a sus semejantes. Pero para superar el estado de salvajismo hubo de transfigurar el marco de convivencia. De un modelo de colaboración para la subsistencia se pasó a otro de competencia. El des-orden colectivo “público” fue sustituido por un orden marcado por una incipiente intimidad privada. El nomadismo dio paso al asentamiento territorial, la defensa de este y su ampliación contribuyeron sin duda al embrión idenditario. La igualdad se trastocó en jerarquía, lo unificado en especializado, el mercadeo sustituyó al intercambio, el signo al símbolo, lo inútil a lo funcional, etc.

Ser alguien es estar inclinado, pues para sostenerse sólo puede uno apoyarse en esas inclinaciones. La inclinación es el ángulo que determina la creencia, la tendencia impuesta para no identificarse y no poder ser identificado, la distinción por el ocultamiento, pues nadie posee una identidad si no posee aparentemente un secreto.

Pero, en dónde reside la identidad. ¿En la historia para los pueblos?. ¿En el recuerdo para los individuos?.

La identidad es el conjunto de rasgos que conforman la patología común a la que son sometidos los individuos ubicados en un territorio.

La identidad no es causa sino efecto del lenguaje, es un concepto de campo que se despliega y protege oprimiendo, conformando una especie de verdad íntima de la vida: su falsedad. Es como una categoría que aspira a caracterizar un producto, la marca que representa lo que no existe: una nación.

Una de las grandes falacias de la identidad fue la de ser concebida como fuente de Derecho Público; cómo si la apariencia de similitud ejerciera el suficiente grado de cohesión para parcelar un espacio jurídico, de tal modo que el ejercicio del poder y la ley que lo encubre encuentran en ella el cuerpo en el que substanciarse; como si los signos idenditarios nos otorgasen la carta de ciudadanía en las condiciones que ellos mismos estipulasen. De ahí que La Marca cree a su Cliente.

La identidad mira al pasado buscando su semblante pero se reabsorbe en el presente en un cuerpo multiforme pero unívoco. ¿Es equiparable la cultura de un pueblo a su identidad cultural?.

Sin duda la modernidad quiso romper con la cultura tradicional y por ello hizo hincapié en no tener identidad, sustituyendo estructuras simbólicas de inmunidad por prestaciones técnicas de seguridad, aquél ideal de imitación por la doctrina del progreso. Pero su afianzamiento no ha llegado a socavar los cimientos idenditarios, sino que incluso ha contribuido efímeramente a actualizarlos, aunque como códigos intoxicantes y supeditados a lo emblemático y efímero de la moda, especialmente en la forma en como ésta aprehende la realidad: indiferenciándola

El postmodernismo, vinculado a lo espectacular como signo de identidad virtual, nos muestra el semblante de una época sin conciencia histórica, pero que lejos de favorecer la autonomía de los individuos y las colectividades, ha visto aumentar su dependencia, lo que se percibe a través de una atracción apasionada hacia la recuperación de símbolos sin contenido por la simple apariencia estética. Se nos traslada de la cultura de lo efímero (en la que todavía puede estar presente una aproximación crítica de la realidad) a una cultura de la banalidad, sin resistencia crítica alguna.

En el hipermodernismo, esa penúltima pirueta, se quiere encontrar el equilibrio para una convivencia en la dicotomía, se nos ofrece una polaridad paroxística en la que convergen los antagonistas en un proyecto de destrucción global. Aquí la identidad se inmola para vivificarse.

Da ahí que podamos concluir que toda identidad es uniformidad, y que la diferencia sólo se manifieste como una imposición violenta hacia esa uniformidad. La Identidad se reafirma y reconoce en la exclusión y rechazo del otro, en la disyunción radical, pues es el otro quien crea el contraste, sin el cual no hay posibilidad de diferencia, de identidad.

3/13/2007

EL TERROR DE LAS VICTIMAS

Las víctimas del terrorismo son las personas que han sufrido un atentado y como consecuencia de él han fallecido o padecen lesiones u otras o secuelas por el mismo.

Los familiares de las víctimas del terrorismo se han arrogado tal condición por el padecimiento de un daño indirecto, equiparándo en muchos casos su dolor con el padecido por los que ya no están aquí o por los que continuan con nosotros física o psicológicamente afectados por la propia acción terrorista.

Algunas de las asociaciones de “Víctimas” del terrorismo pretenden extender esta condición al resto de la sociedad. Intentan que todos seamos víctimas, no sólo por solidaridad sino también en la toma de posición que ellos han adoptado contra su dolor: la venganza, el rencor y el resentimiento.

Pero no seria correcto obviar dos cuestiones importantes para algunas de estas Asociaciones :

1ª Que no todos los terrorismos parecen iguales.
2ª Que las víctimas, dependiendo de cual haya sido su verdugo, tienen también distinta categoría.

Esta distinción nos muestra que para algunos (la AVT) el dolor debe de tener grados en función de quién lo produzca. Hay dolores que simplemente duelen, y otros desde luego además glorifican. Es precisamente en esta santificación del dolor en el nombre de lo que se reclama no olvidar.

Desde luego los muertos no pueden perdonar. Pero seguramente tampoco reclamen más muerte y más sangre en su nombre. Para los vivos, de esta condición, la lucha debe seguir, aún a consta de que haya más muerte y dolor, pues ¿cómo iban a poder perdonar para librarnos a todos de esta pesadilla, si de lo que se trata es de que ésta gane terreno y se extienda?.

No sé que equipo de psicólogos o psiquiatras atiende a estas “víctimas”, pero el tratamiento prescrito parece que contribuye a significar los elementos yatrogénicos del mismo, en clara ausencia de cura o al menos de efectos positivos sobre su control emocional. Todo ello avala esa toma de actitud compulsiva de odio y delirio irracional que este colectivo ha tomado contra el gobierno de la nación, a la cual sin duda están también contribuyendo mezquinos intereses económicos y políticos de una derecha que todavía no ha aceptado sus errores políticos, que fueron la causa de los asesinatos del 11M perpetrado por terroristas islamistas, y que en su deriva nihilista está dispuesta a dinamitar el propio sistema democrático si fuera necesario.

No se trata en ningún caso de redimir el dolor, por el conmiserable perdón, sino de continuar con el odio y profundizar por este “batallón de resentidos”en una especie de martiriloquio colectivo que extienda el dolor y la oscuridad a toda la ciudadanía. Así lo demuestran las consignas que se vierten en sus algaradas callejeras.

Efectivamente, la muerte no es el final para estas reminiscencias de la caverna franquista y de toda nuestra tradición escapular y mariano-militar. La españa negra está en pie de guerra y nos enseña de nuevo su rostro, su culto a Némesis.

¿Cómo contener a un monstruo así que ha despertado a estas alturas de la película?.

Ahora comprendo el simbolismo que encierra una carnecería y el despiece como figura de ordenación geográfica y administrativa.

3/01/2007

CHULERIA Y SERVILISMO

Estos son sin duda dos rasgos fundamentales de la filogénesis caracteriológica del ser ibérico.

La chulería hunde sus fundamentos en una rudimentaria interpretación de la realidad, en el simplismo como impulsor del análisis. El simplicista posee las conclusiones con antelación a cualquier razonamiento. Su pensamiento no discurre por los senderos de la deducción lógica, ni por supuesto tampoco por la intuición poética, o siquiera desde una meditación vacua. Más bien es el resultado de la evolución producida desde el dogma hasta la representación de la verdad mediática.

En muchas ocasiones chulería y servilismo suelen ser aspectos paradójicamente vinculados entre sí, complementándose en personalidades duales, capaces de asumir alguno de ellos en función de las necesidades exigidas en cada momento, y que se corresponden con una clara tendencia sadomasoquista. Por otro lado, también aparecen bien diferenciadas en individuos con caracteres unívocos, en los que la indeterminación moral y la rectitud han echado profundas raíces.

En cualquier caso, tanto desde la aparente debilidad del servil como desde la virulencia chulesca, se reclama que los semejantes se comporten de idéntica forma. Así, se exige que los líderes políticos sean unos personajes que linden con lo macarra, que dispongan de la suficiente bellaquería en sus alforjas, borderio o indiferencia ante cualquier situación que les comprometa.

Esto ocurre porque la imagen que se profesa de los mismos es como la de una manada descarriada que busca a su pastor. "lo que me manden" se demanda desde muchos oficios, sin importar quién sea el patrón: el jefe de turno, el mercado de las multinacionales o el chusquero al uso, etc.

Lo chulesco recorre como un fantasma los comportamientos sociales, en la política, en las relaciones de amistad, como forma de cortejar, etc. Es un valor en alza, un modelo inatacable promovido desde los medios de narcotización de masas, una actitud vital compartida por nuestros jóvenes, que se muestran tan desafiantes como incultos y que promueven entre su medio la adhesión incondicional a este estereotipo.

El servilismo nos muestra el amplio grado de sumisión por el que se está dispuesto a pasar para poder conseguir lo que se quiere o lo que se necesita, términos cada día más contrapuestos en la escala de la motivación y el deseo y tan condicionados por la publicidad. Es un ejercicio de auto desprecio, quizá justificado por un profundo complejo de inferioridad.

Arrastramos y perfeccionamos esta morfología con un afán de superación consecuente con la exigencia de una sociedad avanzada, titanizada, ¡de progreso!, pero desde un enfoque patológico, vengativo y cainita. Los adversarios son enemigos, los contrarios son una amenaza, los contrincantes un peligro.

El servilismo y la chulería son las caras de la misma miseria que configura el rostro de un personaje aquejado de una patología crónica, embadurnado de rojo igualda.

¿Cómo sobrevivir a esta malediciente respuesta colectiva?.