Consideraciones humanas sobre cuestiones inútiles, innecesarias e imperfectas de la profesión atea. Compartir lo efímero, testimoniar lo disoluto, aullar ante el silencio. Aulla! Aulla!

8/30/2007

POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS

La catarsis de la Luna de Agosto

Hoy los funerales se realizan en las nuevas catedrales de la ignorancia voluntaria: los campos de fútbol, novedoso lugar de culto a los muertos en donde se licúa la pasión desenfrenada de lo vacuo.

Al mundo del fútbol le faltaba la Víctima, el gladiador caído. Y este ya tiene nombre, inmortalizado por la catarsis acaecida tras un óbito natural en el lugar “de trabajo”, en este caso “de juego”. Pues no ha sido una pelea entre adversarios, ni tras un esfuerzo ímprobo en pos de un título inalcanzable, ni por el derrote envenenado de un astado astado. No, un paro cardiaco en el momento del juego. Quizá todo hubiera sido diferente si este hecho se hubiera producido de noche, durante un sueño reparador, o en un prostíbulo en donde aliviar las tensiones que produce el enriquecimiento logrado por el “arte de la patada”.

Escandaliza asistir a esta representación, atizada desde el mundo mediatizo, en la que se sublima gratuitamente el dolor por la pérdida de alguien que no es siquiera cercano afectivamente y que ha muerto, no por una agresión, sino por paro cardiaco. La población es abducida en masa, no por seres extraterrestres, sino por unos medios que saben muy bien qué tipo de carroña exige la misma dado que son los encargados de pastorearla.

Si nos atenemos al análisis de que los medios priorizan aquellas noticias en función de las características de su audiencia, el panorama es sombrío: primeras páginas, apertura de informativos, suspensión de eventos deportivos, el centro de las tertulias de los voceros, en fin, un plano secuencia que recorre el mundo audiovisual concediendo el protagonismo a un actor secundario de una farsa dominguera, elevándolo a la categoría de mártir, e incitando el culto a un negocio que mueve millones de euros y que cada vez tiene más peso específico en el propio ámbito de los profesionales del ramo. Además, aquí han confluido el periodismo deportivo y el periodismo de sucesos.

Pero aún es peor si nos atenemos a ese otro análisis que establece que, sobre una pretendida independencia de los mismos, éstos determinan la relevancia de los acontecimientos pudiendo crear estados de opinión, dando ese toque de distinción o de relevancia a aquello que así consideren oportuno, ejerciendo, en este caso, la perversidad informativa hasta el delirio.

Aunque claro, se podría alegar en su descargo que el fútbol es algo insustancialmente universal y quizá la primera ilusión que ha llegado a todos los rincones del planeta como símbolo de la globalización. Esto no haría sino, por el contrario, aumentar su responsabilidad en el ejercicio de embrutecimiento de las masas.

Juntar la muerte con el fútbol da como resultado una nueva forma absoluta de alienación, en la que el mono infeliz salta jubiloso, pero esta vez como un plañidero a compás de sevillanas. Mientras tanto, aquellos que tienen alguna posibilidad de reducir la ignorancia no contribuyen a ello, sino que por el contrario estimulan la mansedumbre que se desprende de la inconsciencia como paradigma del comportamiento.

Todo ello ha arrastrado a políticos, artistas, religiosos, etc. a pronunciarse, no se fueran a ver desplazados de tan merecido pésame, y perdieran la oportunidad de asociarse a lo colérico colectivo. Pero la familia de este “fantoche”, que es a lo que se ha convertido a esta persona en los medios de persuasión, tendrá que asumir no sólo su dolor, sino el de toda esta maraña que disfruta a su manera de unas jornadas de impostura sobre el dolor de un Agosto inolvidable para todos los aficionados.

8/25/2007

LOS PRINCIPIOS !!!

Aquellos que aún conservan energías para la identificación absoluta con el personaje que tan dramáticamente representan, los que con facilidad reemplazan el análisis por la indignación; aquellos que llenados de virulencia conviven en el desprestigio sobre lo ajeno; todos los que únicamente reafirman su identidad en contraposión a la de los otros; esos mismos que se sienten víctimas de una persecución que se pierde en la espiral de la historia; los que contribuyen al dimorfismo de la especie en todos sus ámbitos; esos para los que no es posible el juego sin reglas, los propietarios del verbo, todos ellos, seres con principios.

Desde luego nuestra sociedad es tan decepcionante y nuestro Estado está tan debilitado, entre otras cuestiones, porque en ella y contra él no ha habido ninguna revolución. ¿Dónde podríamos buscar ese factor que aglutine, que cohesione e impulse unos rasgos de identidad común?. ¿A qué valores morales propios se puede recurrir para constatar que este desparrame que señalamos como España no es más que el onirismo de unos sátrapas que sólo desean ampliar sus privilegios?.

Ante el retórico carácter impersonal de nuestra personalidad se recurre a determinados valores, o PRINCIPIOS, que vienen a suplantar la capacidad de diálogo, de acuerdo, de comunicación, de deseo, de vida, de apertura en suma hacia el mundo que nos rodea. Continuamos instalados en una especie de heliocentrismo vacuo, pues nada es aquello que nos constituye y sin embargo en torno a ello, como una entelequia, se pretende mantener un orden sobre elementos antagónicos. Como si España fuera una galaxia que integrara una serie de planetas en órbitas irregulares porque no dispone de ningún cuerpo o masa que ordene y equilibre las fuerzas gravitatorias entre sus elementos.

De ahí que esa energía que se necesita para impedir que determinados astros escapen del sistema al que pertenecen provenga precisamente de esos mismos cuerpos, que en su mecánica de rechazo, en su victimismo cósmico, en su órbita de indeterminación idenditaria aportan, aún así, las sinérgicas necesarias para mantener estable el mismo. No entender este principio, por el que sólo las distancias nos aproximan, es contribuir a su posible implosión o colapso.

Se recurre, como una argucia marrullera, por el contrario, a la invocación de principios como los de igualdad, solidaridad, unidad, etc.… Principios que se comparten tanto desde la doctrina de la izquierda marxista hasta la derecha populista, en una especie de nacionalsocialismo purulento que se precipita por todos los sitios en dosis que empiezan a ser altamente intoxicantes. Porque son precisamente esos argumentos de "igualdad ante dios o ante la patria/estado", o de "solidaridad entre los pueblos", los que generan, a falta de esa revolución pendiente, las energías para la dispersión molecular.

Porque en esta especie de suspensión coloidal pero de sustancias reactivas entre sí, que es otra forma de ilustrar este pesado entuerto, nos confirma que todos estos “principios morales” de UNIDAD, IGUALDAD, SOLIDARIDAD, JUSTICIA Y BIEN COMÚN, son ante todo insustanciales y quiméricos. Son como luces opacas que deslumbran y que no pueden contrarrestar las tinieblas que a su vez generan.

Es paradójico, pero uno se comprende cuando no encuentra en sí nada que comprender. Y sin embargo nosotros, por el contrario, continuamos buscando comprendernos, que no es otra cosa que encontrarnos cuando nos reafirmamos en cada identidad (cada uno la suya y ninguna para todos). Tenemos una respuesta para contestar a quiénes somos, pero nos sentimos incomprendidos, no reconocidos, no queridos.

En esta juerga no basta con sentirse distinto, también uno tiene que sentirse aceptado. ¿Qué sentido tiene sentirse diferente si no hay nadie más alrededor?. Mantener principios inservibles en esta batalla por sobrevivir nos recuerda a la ofuscación de aquél que se considera invencible sin contar con los imponderables elementos.

La borrachera nacionalista terminará vomitando sobre sí misma. Pero tengamos en cuenta que son esos principios los que la alimentan. Que nadie se extrañe o se asuste al ver quién es el cadáver.

8/20/2007

EL CIELO PERTENECE A LOS VIOLENTOS

Desmitificar el mito de La Paz, he ahí una de las tareas pendientes para todos aquellos que no quieran continuar instalados en ese principio que permite inferir lo incomprensible de lo incomprendido. ¡!

La paz interior, el nirvana, el vacío no compartido, exclusivo, que el individuo forja en una especie de encapsulamiento protector, diferenciador, de exclusividad, que lo emancipa aún en su anonimato de la conflictividad relacional, de un contacto tegumental, del olor y del proceder de la cadena de las relaciones económicas de producción. Una liberación a través del cumplimiento de la condena a una singularidad obsolescente, taimada en la previsión del desengaño, o quizá...

Porque, ¿cómo poder evitar el cielo, ese paraíso prometido en ensueño morboso de violencia incontenida?.

Siempre fue así. Toda ascesis para evitar el paraíso partió de la conciencia de los métodos injustificables para conseguirlo: la liberación de las almas a través de lapidaciones para preparar su ascensión, la liberación de los pueblos de su paganismo pasados a cuchillo, la liberación de las “tierras santas” por los infieles suicidas, la muerte idolatrada como la única verdad que os hará libres. La fe ciega en unos métodos de liberación fundamentados en ritos de sangre. ¡El mayor espectáculo del mundo!.

Porque recibir o conceder la muerte como víctima o como verdugo es la condición más directa y eficaz para ganar el reino de La Paz: el cielo.

Hoy los ingenieros de la salvación ya no son individuos ensombrecidos en sotanas que dadivosamente conminaban a un intercambio de diezmos por promesas de felicidad. No, hoy la felicidad se encuentra en la imitación de una conducta violenta que destripa a los semejantes para conminar al arrepentimiento, único salvoconducto para la liberación. Porque, ¿de qué arrepentirse si no se ha cometido un crimen?, ¿cómo liberarse sino permanece uno encadenado por el delito?.

Es la liberación a través del propio suplicio exculpatorio. La paz por la mortificación.

Pero no debemos ponernos únicamente en estos casos tan extremos y ejemplificadores. Hay todo un aprendizaje que conduce a una violencia de baja intensidad que nos garantiza la Paz en términos de proximidad. Nos hemos de referir a la capacidad para sufrir la vejación, el sometimiento, el abuso que nuestros semejantes nos ofrecen en el ejercicio de su poder en las relaciones sociales. Ya que sin esas “torturas” difícilmente seremos capaces de conjurar hacia los otros semejantes ejercicios que nos facilitarán, por ende, la liberación de nuestro sometimiento.

Es el principio de lesa indignidad que concede lo recíproco vejatorio en su tendencia al reequilibrio emocional: pues sólo en la medida en que se es maltratado puede uno maltratar. Son estos ejercicios de violencia larvada, soterrada, los que estabilizan socialmente, los que permiten que la vida fluya por los destinos que rigen el camino de la salvación: esa tamizada bondad de nuestra iracunda especie.

De como de indignos y amorales seamos se nos garantiza la Paz, esa paz interior que busca el consuelo en el dolor de sus víctimas, que halla en nuestro dolor la fuerza para liberarnos, y que nos conmina como especie a exigir un trato de favor. Eso si, hagámoslo lentamente para que el placer sea eterno.

8/10/2007

ALGO SOBRE "LA VERDAD"

La verdad os hará libres”.

Eh ahí una falacia de peso, una quimera, síntoma de la opresión que se ejerce desde lo unívoco.

Un análisis más preciso nos revela que la “verdad” tiene que ver más con la creencia que con la certeza, con el sí mismo que con el otro, con la condición que con el criterio. La verdad es un entorno dispuesto a acogernos en su seno sin desprecio, porque la verdad concisa y determinante es la muerte.

Entonces …“La muerte os hará libres”

Esto es más factible o más cercano de quien pronunció esa máxima o de quien la tradujo, allá en lo inconmensurable de la oscuridad de la noche. Porque la verdad como la muerte andan desposeídas, en busca de su objeto, pues la muerte siempre se señala en alguien.

La verdad y la muerte se imponen en esa conjunción que niega la vida, cercenando radicalmente al ser libre, imposibilitándolo.

Porque el ser libre es posible mientras burle a la muerte, mientras sea capaz de eludir a la verdad. El ser libre relativiza, duda, actúa para alterar el orden, para evadir la condena que imponen al unísono la verdad y la muerte.

La verdad y la muerte muestran su sinsentido como la rosa desposeída de su rosal.

La verdad impone su condena que es la muerte y ésta confía complacida en acoger a su víctima.

Jesús lo dijo: “la verdad os hará libres”. Y a continuación apostilló: “la verdad soy Yo”.

Ese “yo”, insustancial, dios de todos los credos se quiere “verdad” y por tanto muerte en toda su extensión. La muerte es la contribución biológica para constatar la separación entre el espacio y el tiempo. Es esa tercera dimensión de lo impenetrable, la masa de la materia oscura, el poro por el que se diluyen los sueños, la llaga de la nada.

Cuando Nietzsche sentenció la muerte de Dios no hizo sino certificar la muerte de la verdad. Esa verdad que se quiere imponer tanto desde el logos como a través de la fe. Esa verdad de lo que se pretende diáfano, inmaculado, único, singular, inasible, inmutable, etc. La negación arbitraria sobre toda conjetura.

La “verdad” es la mentira que se impone sobre otras como una sentencia de muerte que se pretende inapelable, un aparente que quiere consolidarse como certeza, la desproporción de un veredicto sobre unos hechos que exudan la culpabilidad inherente de quien los juzga.

8/06/2007

LA TRAMA

Uno de los indicadores para certificar el grado de opulencia de una sociedad es la cantidad de desperdicios que genera. Los basureros y estercoleros nos ofrecen una radiografía sin necesidad de que tengamos que recurrir al espectrógrafo magnetonuclear tomoaxial.

A escala personal ocurría algo similar. Nuestra situación en el ranking social venía determinada por la capacidad de consumo y, por ende, por la prestancia de nuestros desperdicios.

Pero hoy la sociedad del deseo ha generado, ante todo, un espacio para la ubicuidad. A través de la interconectividad que facilitan las redes telemáticas es posible amortiguar la ansiedad que genera una necesidad que se constata y retroalimenta en su insatisfacción. Es paradójicamente la obsolescencia del objeto consumido lo que alimenta la conducta que genera el deseo, que se maximiza de forma compulsiva por los efectos sustitutivos que produce, en gran medida de placer discontinuo, pues es la insatisfacción de la necesidad lo que mueve a la búsqueda de instancias –objetos- que la colmen.

Ya lo pregonaron los Stones con aquél “no puedo estar satisfecho” que hizo confundir al deseo por su objeto, porque se refería, no tanto a la incongruencia del propio acting de las máquinas deseantes siempre insatisfechas que fueron definidas por Deleuze, como si fuera el propio rechazo de aquellos objetos que el mercado les ofrecía un acto de rebeldía. De ahí que al argumentario de la insatisfacción de la opulencia se hayan apuntado gran parte de los movimientos alternativos, negando el consumo de esos objetos fetichizados pero ensalzando a la vez el deseo en el que se sustenta su oferta.

El camino del occidente capitalista por superar el injusto reparto de la riqueza se materializa a través de la normalización de la oferta. A ello sin duda está contribuyendo ejemplarmente el fenómeno del plagio y la producción pirata desde Oriente, a través de los denominados productos de imitación de marca. Esta es una forma de compensar fundamentalmente la reconversión que se opera en China, y mitigar la ventaja que tenía su socialismo a través de la justa repartición de la pobreza, como dijera Churchill. Por ello, hoy más que nunca, la expectativa de satisfacción es más poderosa que la insatisfacción real del deseo. Y esto contribuye al equilibrio.

De hecho el igualitarismo operado en las sociedades democráticas en torno a sus clases medias constata la fórmula que permite convertir la ilusión en otra mercancía, no ya en torno a una sociedad ideal y utópica por alcanzar, sino por la tangible disponibilidad de objetos de imitación que las satisfacen.

Sin embargo sentirse insatisfecho es parte del comportamiento útil para nuestro tipo de sociedad, útil en el sentido productivo. Lo mismo que durante el final del siglo XX el mercado de trabajo primaba cierto grado de neurotismo a la hora de contratar expectativas de producción, hoy se empieza a constatar que, para este siglo, el inconformismo en su vertiente histérica es un aval para acceder a un mercado saturado de expectativas. De ahí que sentirse satisfecho sea una observancia de lo inútil, sin expectativa de negocio.

Porque aunque la identidad del cuerpo social y su grado de cohesión se configuren en torno a algo individualizado, a imágenes asimiladas en torno a grupos étnicos, tribus urbanas, adictos a sustancias, etc. al individuo sólo le queda actuar por mimetismo y comportarse como una célula clonada. El reconocimiento de la singularidad sólo parece posible una vez identificado y asimilado el producto a su mapa de procedencia. La genealogía no es ya vertical ascendente, referida a los apellidos y ancestros, sino horizontal y en torno a un linaje de relaciones y contactos constatables.

Un ejemplo de ello puede ser la importancia de los nuevos significantes culturales capaces de dinamizar energías en los territorios de lo particular inexpresivo. Es curioso como han aparecido rimadores al socaire del rap, y como esa morfología rítmica próxima al canturreo, similar a la que se produce en la primera infancia para conciliar el sueño, ha motivado en nuestro entorno un florecimiento de la palabra poética, en una especie de caudal verborreico que contrarresta la catatonia verbal generalizada que hay entre los jóvenes.

Esto nos muestra, también, que no es el sentido en donde podemos encontrar las respuestas a unas preguntas que ni siquiera se llegaron a formular, sino que es el absurdo, el continente, el significante, lo que puede abrir algún poro en nuestra costrosa piel.

Por ello se busca la singularidad en el conjunto y no, como se cree, en cada una de sus partes. Estimar que hay originalidad sobre la base de una diferencia aparente es una técnica de marketing que ha dado excelentes resultados. ¿Por qué?. Pues por una coincidencia programada sobre la identidad distorsionada de nuestra imagen del mundo. Así lo avalan estudios recientes sobre personas anoréxicas, las cuáles se ven a sí mismas invariablemente gruesas, lo que viene a certificar que nuestros órganos reguladores son los órganos relacionales, y que un cuerpo sin órganos es hoy un ser desconectado a Internet. Por eso, cada vez nos parecemos más a la imagen que cada uno edifica sobre sí, aunque también esta imagen se corresponda cada vez más con los modelos a los que imita, y en los que se ampara.

Son, el aprendizaje por imitación junto a la pregnancia perceptiva a través de la imagen, los dos elementos que han contribuido mejor al desarrollo de nuestra ataviada morfología. Es la rutina de los comportamientos lo que asegura el equilibrio emocional y la repetición de imágenes violentas lo que narcotiza e inhibe la agresividad. No es pues lo que hacemos, sino cómo lo hacemos, lo que nos uniformiza, pues son seriadas las narraciones que sostienen nuestro comportamiento porque pertenecemos a una trama reticular.