DEL TENER AL USAR PARA SER
La socialización de las fuerzas productivas y de los medios de producción, aquella utopía reservada para una vanguardia que travestida en laica y nihilista mantenía el fondo secular de las esferas ecuménicas del poder religioso no llegó a ser viable. Por el contrario, en la actualidad, mucha de la producción se ha digitalizado, por lo que ha pasado de ser adquirida a ser compartida, en una especie de socialización virtual de los objetos de consumo. A partir de aquí ya no deberíamos hablar de “libre comercio” sino de “libre intercambio”, ya no hablaremos de propiedad privada, sino de uso (consumo) compartido.
Todo esto viene a significar que el modelo de propiedad respecto a los bienes se ha tornado obsoleto, ya se trate de propiedad física, intelectual, o de marca, etc. Asistimos a una escena en la que “la Propiedad”, uno de los pilares del viejo sistema, se tambalea, y el otro, “el Estado”, está también aquejado de una fuerte descomposición por lo menos en cuanto al ejercicio particular de su soberanía.
El mundo virtual nos permite que disfrutemos del uso de los objetos sin necesidad de pertenencia de los mismos. Comprar se ha sustituido por usar. De ahí que a partir de ahora las estrategias de penetración de la industria se encaminen hacia la propagación y venta de “licencias de uso” y no de “los artículos en sí mismos”. Ya no se trata por ejemplo de que miles de sujetos compren un videojuego, sino de que lo usen en red a un precio más económico. Con esto la materialidad del objeto se ha visto despojada de la identidad que hasta ahora a él iba asociada, de este modo el deseo ya no se manifiesta como algo exclusivamente particular sino como algo obligadamente compartido.
Es en la medida en que nos adentramos en ese uso virtual del consumo compartido, como novedosa estrategia de ventas y por ende de control social, por lo que cada vez se hace más prescindible el “mundo real”. La satisfacción ya no está vinculada a intentar colmar un deseo sino a mantenerlo siempre activo a través de poderlo compartir. Es aquí en donde el sistema binario se trasciende al exigir para su unicidad la complementariedad de elementos pares.
La igualdad social viene pues expresada en la accesibilidad al uso y disfrute de los objetos virtuales, estableciendose al efecto rangos, vinculados a la pertenencia o no a determinadas redes, espacios y a su interconectividad. Así, la vieja ilusión de la independencia en “lo real” se ve sustituida por la dependencia interactiva en “lo virtual”. La libertad ya no se ejerce mediante elección sino por el uso de los contenidos asignables a cada rango.
Por ello la cuestión del “ser o no ser” descansa ya en el museo de lo melodramático habilitado al efecto, y la ilusión por "el poseer" yace moribunda en los basureros del fetichismo masculino. Solo el uso de lo virtual andrógino y neutro nos identifica tras materializarse, eso también, otra de las pesadillas del idiota anónimo de turno.