Consideraciones humanas sobre cuestiones inútiles, innecesarias e imperfectas de la profesión atea. Compartir lo efímero, testimoniar lo disoluto, aullar ante el silencio. Aulla! Aulla!

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5/16/2013

"EL PARO OS HARÁ LIBRES"

 Anclados en los viejos paradigmas del socialismo científico o del liberalismo económico los discursos políticos al uso se niegan a responder algunas preguntas que pueden aclarar en dónde se encuentran en realidad las sociedades occidentales:

1. ¿Si las guerras se dirimen entre los contendientes mediante armas tecnológicas, para que queremos a los ejércitos?.

2. ¿Si la producción ha llegado a la excelencia en gran parte de los sectores económicos gracias a la eficiencia tecnológica, para que necesitamos a los trabajadores?.


Efectivamente, en nuestras sociedades occidentales la tecnología y sus automatismos han llegado a suplir a la mano de obra, tanto en situaciones de “paz” como en las de guerra. Ya no es factible mantener aquello de que “el trabajo os hará libres”, máxima que ha regido la concertación social durante los últimos 67 años, máxima impuesta por el fascismo en los campos de concentración que luego fue asumida para la movilización total de los sectores productivos que impulsaran el capitalismo tras la 2ª guerra mundial. A partir de ahí esta paradoja de asumir como liberador aquello que precisamente tiraniza se reflejó en todas las cartas magnas como un derecho, cuando en realidad siempre fue una soslayada imposición. Quizá por esto a ello se reduzca esta misérrima interpretación del derecho en el marco del poder y del deseo como “aquella imposición que se pretende como favor” o también “aquella tortura que se vivencia como goce”. 

 Así fue como el perfeccionamiento de las técnicas de producción llevó aparejado el cambio observado desde la sociedad industrial a la sociedad tecnológica, cuando el trabajo como unidad de producción pasó del trabajador a la máquina de tal modo que fuera la serialidad y la reproducción mecánicas efectivamente lo que perfeccionara la productividad, el rendimiento y, con ello, el impulso de los medios de producción, pero en claro detrimento de las propias fuerzas productivas. Efectivamente, desde hace décadas los medios de producción se han desprendido de la fuerza productiva del trabajador, que ya no concurre sino que discurre hacia el consumo de lo producido por estos. De hecho, el trabajador, pudo mantener su estatus social en “la sociedad del bienestar” no ya por ser productor, sino por ser consumidor. Ya no era la mano de obra la fuerza productiva que alimentaba los medios de producción, sino el consumo, la demanda, el dispendio, lo que retroalimentaba el propio sistema. De este modo la movilización total pasó a ser el epifenómeno del modelo productivo posmoderno fundamentado en el ocio y el consumo pero ya no en el trabajo. 

 Por su parte, en la competencia que se establece por un mercado global, frente a nuestro modelo, fundamentado en esa ociosidad y el consumo como motor de la producción y del crecimiento, el modelo asiático, hasta hoy, se asienta en la conjunción de un esclavismo salvaje hacia sus fuerzas productivas, capaz de reducir sus costes de producción al mínimo y aumentar su productividad para minimizar el impacto que origina su déficit o dependencia tanto tecnológica como energética, porque si durante los años de guerra fría la deslocalización industrial se realizó en Europa desde los países del Norte hacia los del Sur, a partir de los años 90´ se orientó hacia el Este. Por su parte, desde los Estados Unidos, esa deslocalización hacia el Sudeste asiático y China aumentó considerablemente desde que cayó el muro de Berlín, una vez concluida la llamada “guerra fría”, en una geoestratégica de nuevas alianzas. 

 Precisamente en todo ello podemos encontrar una de las causas de fondo para la actual crisis económica por la que atraviesa Occidente. No podemos competir en costes, ni tampoco en productividad con los países asiáticos emergentes y, sin embargo, consumimos sus productos, que son fabricados por multinacionales deslocalizadas, lo que contribuye a derrumbar nuestra maltrecha demanda interior. A su vez, la incipiente burguesía oriental en aquellos países, junto a las oligarquías políticas, son consumidores de productos de lujo que aún se fabrican en Europa, segmentando con ello la estimulación de la demanda, pero limitada a una reducida parte de la oferta productiva europea. En este sentido, lo único que podría frenar el desequilibrio originado por estas circunstancias globales, que nos afecta de lleno, sería el establecimiento de nuevas clases medias en aquellos países, que fortalecieran el consumo a través de la propia demanda interior, a su vez que una modificación sustancial de las condiciones de trabajo impulsada por la presión de los trabajadores hacia la mejora de las mismas (salarios, horario, etc.) lo que conllevaría inevitablemente un encarecimiento de los propios costes, acercándolos, tras los sucesivos ajustes estructurales, a los que hoy tienen los países del Sur de Europa. 

 De todo ello deberían sacar conclusiones, al menos en la orientación de sus estrategias de acción, las opciones políticas socialdemócratas y los llamados “sindicatos de clase”. En este sentido una llamada hacia el impulso de una nueva Internacional cobra toda su vigencia. 

 Pero, hasta entonces y volviendo a nuestro principio, precisemos que el ocio no surge a posteriori como un rédito o plusvalía vinculado al quehacer laboral, sino como otro modo de producción, enajenado esta vez de cualquier actividad fabril asociada que lo sustente, que llamamos consumo. Un consumo que hace rotar los stock para actualizar la producción a la innovación tecnológica bajo el férreo control de la obsolescencia programada. Es, en este sentido, que la formulación actual sobre el trabajo y el ocio ya no encuentra vigencia. Para los que aún lo tienen porque se están endureciendo las condiciones laborales (más tiempo de permanencia y menos salario) acercándonos a condiciones de absoluta precariedad laboral que conllevan una reducción drástica de la demanda, lo que nos acerca a las condiciones laborales del esclavismo oriental en aras de una mayor competitividad y productividad. Y para aquellos otros que están “en paro”, que ya no son parte del sistema productivo, su expectativa de volver a él es ciertamente improbable y, para ellos, en los frontispicios del poder, se vislumbra una máxima que conjuga armoniosamente condena y redención bajo una fórmula que proclama: “El paro os hará libres”.

11/03/2011

LA MEMORIA DEL PRESENTE II (Lo inmediato)

Llega un momento en que la memoria remota tampoco ocupa el lugar o el espacio de un presente cargado de ausencia, pleno de vacío, circunstancial e impropio, neutro, ajeno y nunca asumido.

Quizá sea por un deterioro cognitivo originado por un colapso de conexiones neuronales por lo que esa memoria remota ya no nos mantiene conscientes, cabales. Ella fue el último recurso de lo voluntario sobre lo involuntario, de nuestra consciencia sobre nuestra constitución simplemente química. Entonces, el orden del discurso sobre el que se ordena nuestro mundo se desmorona y adviene un delirio profundo en el que flotamos sobre el magma de lo puntual, en detalles que aún no se han borrado o a los que todavía tenemos un acceso involuntario. 

Así, a merced de lo recurrente, el discurso se trae inconexo, diacrónico, demente. Es ahí en donde se deshace todo lo que fue consciencia: lo consciente yace como un residuo, como el ascua que aún crepita sin orden y previsión.

Morimos antes de fallecer en todos aquellos procesos vitales que pueden cumplir con los protocolos que la naturaleza tiene habilitados cuando se prolongan los años de vida pero no la vida de los años.

A partir de un momento, de un instante, casi siempre inesperado y sorpresivo, los procesos de entendimiento, comprensión y relación con nuestro entorno se deterioran rápidamente. Así, mientras atravesamos los umbrales de la incertidumbre, la conciencia pierde sus referencias, el discurso no encuentra los vocablos que lo expresen, se interrumpe. Se produce de este modo un proceso de fractura vital, de desconexión sobre el mundo circunstancial, porque ya no nos sostiene "lo real".

En un balbuceo inconexo, en el desplazamiento entre la morfología de las palabras, nos acercamos a un estado similar al de un bebé. Pero mientras en nosotros se desdibujan las palabras al pronunciarse a través de procesos de deshabituación sinpática, en el bebé pretenden aclararse, entenderse, inscribirse, por apropiación mimética. De este modo, perturbadas nuestras funciones orgánicas y cognitivas, sólo nuestra mecánica puede mantener las constantes vitales, sólo la fuerza de la inercia las sostiene mientras se vayan lentamente atenuando hasta llegar a ese equilibrio de lo esencial en dónde el soplo del aliento ya no es perceptible.

Con todo ello, estaremos "más allá" del límite como recuerdo de una ausencia para aquellos que aún nos piensen y que de ese modo accedan a vislumbrar lo remoto.

10/30/2009

ESPECULAR / MEDITAR

“Los ideales sociales no pueden ser predicados entre especuladores” (Ernst Bloch)


Al especular se alivia en la verborrea, en la meditación se libera en el silencio. La especulación baraja con la incertidumbre pero en la meditación se obvia la certeza. La especulación se difumina en lo aleatorio mientras que la meditación transita por lo continuo. El que especula juega con respuestas, el que medita trabaja sobre preguntas. Al especular se consume, al meditar se ahorra. Al especular se gesticula mientras que al meditar se observa. La especulación es consecuencia, la meditación es causa. Al especular uno tiende a buscar, al meditar a encontrar. Especular enturbia, meditar aclara. Occidente especula, Oriente medita. Especular tiene fijación por la vigilia, meditar prima lo onírico. Al especular se proyecta, al meditar se asume. Especular disemina, meditar concentra. Especular tiende a tergiversar el pensamiento, meditar lo dimensiona. Especular se vacía en el olvido, meditar se nutre en la memoria. Especular se proyecta en la imagen, meditar fluye en el vacío. Especular busca la trascendencia, meditar encuentra en la inmanencia. Especular conquista, meditar convive. Especular desdobla, meditar unifica. Se especula con la muerte y se medita para la vida. Se especula con el gasto, se medita sobre el don. Especular es público, meditar es íntimo. Se especula desde la distancia, se medita en la proximidad. Especular se materializa en signos, meditar se representa en símbolos. La especulación comenzó siendo teocrática, la meditación ascética. La especulación aspira al conocimiento, la meditación a la sabiduría. La ciencia y la religión son productos de la especulación, la comprensión y la armonía de la meditación. Especular es fin, meditar un medio. La especulación es compulsiva, la meditación reflexiva…


La morfología de nuestra cultura se fundamenta, en gran medida, en esa disposición o actitud que se materializa en técnicas con las cuales nos enfrentamos al mundo, a su incertidumbre. Nuestro pensamiento está contenido en ellas, es inseparable de su forma, de su materialidad, de sus producciones … En este sentido, especular / meditar son acepciones, ángulos, posiciones, que utilizamos para construir el mundo, para poder aprehenderlo.


En nuestro medio, desde Aristóteles y continuando la tradición idealista platónica, entender es especular con imágenes. Por un lado, a través de esa línea metafísica, que desde su aislamiento, al margen de lo tangible, contempla el conocimiento especulativo de la razón, levantándose e imponiéndose enteramente por encima de lo que enseña la experiencia. Por otro, aquella otra concepción, materialista, que parte de una causalidad que idea la materia como lo único existente en contínua transformación.


Si, como nos sugiere Chantall Maillard, “todo idealismo es consecuencia de una pérdida de inmediatez por la que se sistematiza el desdoblamiento especular”, éste no será sino un síntoma de una enfermedad que proviene de una pérdida (la caída). Tendremos entonces que aceptar que la especulación es ante todo una “respuesta terapéutica”.


A su vez, materializar la idea es el origen de todo sistema cuyo axioma parta también de “lo especulativo”. Sistema que se recoge en esa tautología de la inseparable comprensión/producción de mundo de las religiones monoteístas que, como sugiere Sloterdijk, se conforma en un campo tripolar:


q a partir de un proceso psíquico nuclear o primario (especulativo)

q por decantación en un ejercicio de meditación iluminadora (metitación)

q visualizado a través de una simbolización comunicativa.


Hoy, en nuestro mundo secular, y como señala Baudrillard, aquella simbolización comunicativa de lo religioso se realiza específicamente a través de “una especulación informativa sobre el acontecimiento”. Ya sabemos que en gran medida es la propia información la que produce lo que acontece, o cuanto menos el hecho debe ser noticia si quiere ser observado. El acontecer es pues insustancial sino dispone de un soporte de comunicación que lo constate.


Por otro lado, no podemos afirmar, como hizo Bergson, que la propia percepción sea la que nos contenga, que estemos sujetos a nuestros sentidos, como si estuviéramos limitados y amarrados a ellos, como si no pudiéramos comprendernos en su ausencia. No es “la percepción la que tiene un interés especulativo”, la percepción no es en sí el conocimiento. Por el contrario, habría que contemplar todos los elementos que adheridos a ella la orientan, por ejemplo, en el sentido que nos propone Deleuze, a propósito del “modo sádico, especulativo y analítico, que capta el instinto de muerte”. Es ese instinto, si es que lo aceptamos, el que dirige un modo de percibir, el que impone entonces la especulación en el juego de la comprensión/interpretación/producción de mundo.


Si trasladamos este análisis a la esfera de la materialidad de lo intangible del mundo económico podriamos aducir con Aries que “desde el protocapitalismo, tal como aparece en la segunda mitad de la Edad Media y en el Renacimiento, contemplación y especulación son rasgos esenciales, pues antes del capitalismo, las cosas aún no merecían ser vistas, ni retenidas, ni deseadas”. Fue a partir de la Edad Moderna cuando se produjo “el tránsito de la especulación sobre la esfera a la praxis de su aprehensión”. (Sloterdijk). Desde entonces el mundo ya no sólo pudo pensarse idealmente, sino que también tenía que poseerse prácticamente, y por ello, el resultado de ese “paroxismo de la especulación pragmática fue el capitalismo” (Baudrillard), pues en ella se fundamenta y a ella debe su evolución y desarrollo, y es en esta, su última fase, con la que mejor responde al patrón que lo propició: capitalismo especulativo global. Capitalismo que contemporiza con la suerte pero especula con el azar, contrariamente a lo que cree Baudrillard, y en esa especulación con el azar consume futuro, porque ahí es en donde busca la garantía para sus operaciones de alto riesgo; aunque en esta ocasión parece que se haya roto el umbral de seguridad o tasa de riesgo que tiene todo crédito, y esa ”masa crítica especulativa” haya sobrepasado el nivel de tolerancia máximo de incertidumbre. La respuesta no se ha hecho esperar: desconfianza generalizada sobre la jugada por el alto riesgo que comporta.


La “codicia indirecta, carente de objeto, como voluntad especuladora del capital” (Bataille), junto a la ambición como resguardo ante la fragilidad de lo vital, buscan fundamentalmente saciarse y, ante ello, la razón sólo puede ya encontrar lo injustificable. Así, la “democracia especulativa”, que nos representa, aparece como la única morfología posible de organización política social.


Pero parece evidente, también, que en lo referido a lo particular, una de las formas para evitar que el pensamiento actúe es reducirlo a simple representación especulativa. Su efecto es una especie de narcosis producida por discusiones interminables sobre aspectos insustanciales que camuflan una estrategia de despistaje producida sin duda desde una “inteligencia concreta”, como forma tangencial de demagogia convulsa que se erige en dueña de cualquier debate personal.


En cuanto a su expresión y en el orden representacional, quizá fuera el cubismo la plasmación formal y simbólica del temperamento contemplativo-especulativo, porque tal y como lo intuyó Klee, “su reflexión reposa en la reducción de todas las proporciones y desemboca en formas proyectivas primordiales (triángulo, rectángulo, círculo)”. Recordemos que lo angular es una de las posiciones preeminentes que toma lo especulativo. Pero es, en suma,“la vida concreta de todo hombre la que se ha degradado al convertirse en un universo especulativo” (Debord), o “infiel, disponible” (Sloterdijk). De ahí que el vasallaje sea la exigencia sobre el comportamiento en esta “monarquía especulativa” (Cioran) que nos contiene.


Si como nos indica Jullien “la filosofía ha cubierto la sabiduría con su ambición especulativa” solo nos queda, para contrarrestarla, la meditación, ya sea como una forma que podemos adoptar y que evoca los tratados de espiritualidad de los siglos XVI y XVII, en los que no es lo primordial preparar a los moribundos para la muerte, sino enseñar a los vivos a meditar sobre ella, y que luego continuó con Montaigne, para el que la premeditación de la muerte es premeditación de la libertad; o por el contrario, preguntarnos si debería la filosofía ser entendida como meditación de la vida, no sobre la muerte, como nos sugirió Spinoza.


Quizá haya que caminar para encontrar una síntesis que comunique y concilie sueño y razón, como nos propone Jünger, o una suma de meditación y expresión, de sueño y pensamiento, como nos recuerda Bachelard. Sabiduría podría ser entonces “toda materia imaginada, meditada, que se precipita en imagen de una intimidad”, porque como remarca Jullien “la sabiduría no se explica, se medita o se saborea y nos impregna”.

9/03/2009

EL SITIO

Siempre estamos en otro sitio. (Montaigne)


Desde la tierna infancia los próceres de la educación van buscando para ti el sitio adecuado en el que puedas desenvolverte o mejor normalizarte, y así puedas ser realizado en eso que se ha dado en llamar vida. Tratan con ello de contestar a una pregunta que tú nunca te llegaste a formular porque no fue necesario: ¿Qué pinto yo aquí?. Es la ofuscación por tener una respuesta lo que generó aquella pregunta, al igual que, en su contexto, la liturgia de cada rito acaba siempre por conformar –convocar- a su ser mitológico. De ahí aquello de que el poder, o quien lo ejerce, siempre tiene respuesta para cada pregunta, o tambien, solución para cada uno de los problemas que él mismo genera.


El sitio quiere buscarse, en otras ocasiones, en aquello relativo a “la pertenencia”. Uno se entrega, sin saberlo, a una especie de coagulación mental vinculada a una superficie asfáltica por la que deambula. Sin quererlo encuentras tu sitio por el lugar en el que vives, de ahí que, automáticamente, se te descubran signos compartidos de identidad y te sientas por ello identificado con lo extraño como si ya fuera propio. Entonces, uno habla de pueblo o de raza, en plural, de nosotros, y percibe que comparte modos y formas de exteriorizar sentimientos, valores morales de una tradición que se pierde en la aurora de los tiempos. Ese sitio entonces se hace patria, ciudad, barrio, pueblo o lengua, etc, como algo que ofrezca la suficiente resistencia a no desvirtuarse por las tentativas de modificación que ejerce el narrar del tiempo o del verbo. Un espacio, si se prefiere, en el que uno se cobija para enfrentarse mejor al mundo.


Pero el sitio es también el lugar de trabajo, el hueco en el que te labras eso del por-venir, que por cierto siempre llega tarde, el lugar de lo determinado en el que te ejerces como función, en dónde puedes contrastar la aparente utilidad en la acción de tus actos con la inutilidad que se desprende de sus consecuencias. Entonces te vinculas a un fin como un vivalvo se adhiere a su roca, y para no desprenderte, porque eso sería abismarse, te aferras a ella con la fuerza del lapasorri.


La ubicación en el mundo, el sitio, es un requisito para tu estabilidad emocional. Desde que dejamos la trashumancia como forma de interrelación con el medio necesitamos un lugar en el que proyectarnos como sujetos de una especie social. De ahí que cada uno busque un nicho en el que pernoctar, en el que poder ejercer, paradójicamente, la resignación como forma de resistencia pasiva a los cambios que impone por naturaleza la dinámica de lo vital. De tal modo que, sucumbido a esa tendencia hacia lo inerte, a la fosilización como apuesta de la poligénesis cultural que nos coloniza, te afanas por reproducir una rutina como garantía de seguridad, en esa estabilidad que requiere un estándar neurótico como ejercicio de mantenimiento, en la búsqueda de la dosis de angustia necesaria para satisfacer la dependencia que genera la infelicidad de las relaciones afectivas teñidas por un deseo orientado exclusivamente por lo mercantil; por un consenso en el ritual de las reacciones histéricas que acontecen en el azar de lo infructuoso, apego emotivo de lo compartido por la pertenencia a esa horda que cultiva el cinismo como principio moral y que pertenece a cualquiera de las elites de la estulticia.


El sitio es, en definitiva, esa morada vital que define el espacio interior de un objeto virtual en el que se consuman los sueños de eternidad que te certifican.

4/06/2009

LO CORRIENTE

Lo corriente es algo habitual, dinámico, tiene un trasfondo estable pero se traviste al presentarse. Lo corriente se muestra cercano y próximo pero a la vez se nos escapa porque no es lo que se desprende de lo tangible, sino, paradójicamente, de lo inefable. Corriente es tan común como un río de aguas mansas cercano a su desembocadura, cada vez más caudaloso por la barrera oceánica que impone cada marea y a su vez menos profundo. Corriente nos deja helados cuando deambulando por entrepuertas buscamos refugio al apercibirnos de un trasiego molecular ventisco. Corriente es el agua, cuando mana, de la que no disponen para saciar su sed los pueblos resecos. Corriente es una personalidad que destaca por no destacar y que mantiene un deambular uniformemente constante. Corriente es toda esa atmósfera de desconfianza que hay entre aquellos que no quieren reconocerse. Corriente es una connotación adjetiva y sustitutiva de lo que no se quiere singularizar o personalizar. Corriente es un don, un atributo, que al desprenderse nos despoja de los excesos de personalidad. Corriente es un nadie que no aspira a ser alguien. Corriente se mantiene estable a pesar de las diferencias de potencial de los polos opuestos en los que alterna. Corriente nos hace percibir aquello que cada uno es incapaz de reconocer por sí mismo en un contexto social concreto. Corriente es una ecuación que se despliega sin despejar ninguna incógnita. Corriente es una esencia que no ha dejado reconocerse. Corriente es la mirada que se pierde cuando nada es ya de verse. Corriente es el giro de 360º. Corriente tiene un destino que se nos hace “familiar”. Corriente es una muerte que no clama su nombre y que se siente, como la sombra de un ausente cuando se pierde, despistá. Corriente nos recoge y nos traslada invariablemente hacia poniente en un ejercicio circular. Corriente es todo instante que no se hace perceptible. Corriente es un cociente invariable de presente. Corriente es aquello que se perpetúa en todo lo que es evanescente. Corriente es la vileza que circula para intercambiar la incertidumbre en que se disfraza la circulación de la miseria. Corriente es el silencio que se desploma tras los pasos de una ausencia. Corriente es la vida que pasa sin dejar huella, saciada sólo por su vivencia. Corriente es lo intangible que deambula por el espacio de un poema suspensivo.

6/30/2008

VALOR Y PRECIO

En el mercado de la tierra prometida cada día se incorporan nuevos valores a las mercancías que en él se intercambian. Uno de los últimos es el de la "carga contaminante". Es decir la cantidad de contaminación que se produce para la fabricación, transporte y venta de un producto cualquiera.

Ya sabíamos que vivir mata y que en muchas ocasiones matar, destruir, es rentable. Qué es el progreso sino la destrucción rentable de un bien común. Hoy día, en el que la realidad es un eufemismo manejado por incrédulos creyentes, la rentabilidad de los procesos productivos se optimiza fundamentalmente a través de su eficiencia.

Es curioso como durante estos últimos veinte años, en nuestra sociedad occidental, ha ido creciendo la llamada "conciencia ecológica", una especie de placebo sustitutivo que se masifica una vez ha sido reconocida la muerte Dios y derribado alguno de los muros de la vergüenza sustentados por ideologías irracionalmente totalizadoras pero pragmáticamente reconvertidas en totalitarias.

Lo que no intuíamos es que esa nueva fe fuera a ser uno de los impulsos para que pudiéramos aceptar las novedades que exige nuestro modelo económico. Sí, hay una nueva moneda virtual de intercambio establecida que afecta a todos los países de nuestro entorno a través de la denominada "cuota por contaminación".

Esto no evita en ningún modo el descenso, o siquiera el estancamiento, del volumen de contaminantes generados por nuestro sistema productivo, ni por ello la degradación de nuestros ecosistemas. Por el contrario, lo que con ello se garantiza es un encarecimiento de los precios de producción, al verse repercutidos por esta cuota que se aplica en forma de tasa. En este sentido, los sistemas más progresistas ya han instaurado el nuevo canon en su propio corpus normativo con el famoso "quién contamina paga". Luego, ese coste se repercutirá en el precio de cada producto unidad, por lo que se socializa el pago del aumento de los costes a través del aumento del precio de venta. La destrucción se hace de esta manera más rentable, eficiente, distributiva.

Pronto veremos una nueva exigencia en el etiquetado de casi todos productos: la llamaremos "tasa de contaminación", que vendrá expresada en tantos por mil o por millón, y que deberá ser satisfecha por cada hijo de vecino. Este será un valor de referencia que irá, por un lado, asociado a cada producto justificando el incremento de su precio, y por otro, como un valor intangible pero vinculado al marketing de cada marca para hacer más atractivos los productos "menos" contaminantes en su producción.

Y qué pensar sobre la nueva industria de la descontaminación, aupada por Al Gore; o de los nuevos yacimientos económicos, como el del asilo de basuras, que Alemania viene practicando con Italia y los desperdicios acumulados por ciudades como Nápoles.

Claro que otros, como muchos piases africanos, reciben donaciones de material contaminado y altamente contaminante, y a cambio incluso pagan por este servicio.

En el nuevo desorden mundial la cultura ecológica es un valor en alza que nos va a costar un ojito de la cara, pero que también contribuye a mantener limpia la conciencia.

6/23/2008

PALABRAS VACÍAS

Tanto nuestros textos como nuestros discursos están plagados –llenos- de "palabras vacías". ¿Pero, qué podemos entender con "palabras vacías"?. ¿Quizá aquellas cuyo significado no se contiene en ellas mismas?. ¿Quizá aquellas otras que son contenidas en otros significantes?.

Lo paradójico pero efectivo es que aquello que se contiene a sí mismo es inesencial, en el sentido de que no puede desprender de su totalidad aquello que lo caracteriza. Por eso el ser contenido en sí es reo de su propio consistir, pues consiste en ser contenido. Su consistencia reside en la inalterabilidad de su delimitación, en la contundencia de su exactitud por la pulcritud de su mecánica.

Lo esencial, por el contrario, siempre remite a otro origen, proviene de otra composición de fuerzas, es huella camuflada pero indeleble.

Si un discurso resulta legible es por la contribución que le aportan esas "palabras vacías", que son como los silencios en el propio orden del discurso, aquello en los que se sustenta la articulación del sonido.

Una palabra vacía no es evocadora, no nos traslada, pero si es ese componente que hace posible que la mezcla funcione o se precipite, por tanto cataliza. Es la argamasa con la que se superponen significados, la veladura que matiza sobre lo que se quiere decir.

Porque la palabra vacía busca la atención de un oyente que no ha sido identificado, y en ese sentido se universaliza en el contexto de su propia lengua. Por el contrario, la "palabra llena" sabe a quien se dirige, tiene un poseedor en destino, un finalizador. Las palabras vacías son para ese nadie de un todo, las llenas para ese alguien convenido a nada.

La palabra vacía no busca su sentido en lo morfológico, sino que encuentra su significado en lo amorfo. Se dispersa como un coloide suspendida en lo infraleve, lisonja que se pretende por ser inabarcable, caricia anónima.

La palabra vacía resurge del pensamiento no oprimido, esquiva su clasificación, su codificación, queda despreocupada del orden jerárquico del discurso, como eco de un suspiro debilitado.

Por las palabras vacías intuimos y dejamos de saber, nos transitan a la deriva. Su conquista es en realidad un secuestro al que nos sometemos ante la perplejidad de su inmanente presencia.

La palabra vacía es un anhelo que se evoca sobre lo no contributivo, un atentado contra la mansedumbre.

12/17/2007

MODOS DEL TIEMPO

El tiempo se desliza, acelerándose, en un viaje sin movimiento.
(Alice - Trasfondo-)


Si el tiempo es "el esfuerzo de la eternidad por llegar a ella misma", qué podríamos suponer cuando se refiere a:

¡Qué pérdida de tiempo!:

¿Un síntoma del esfuerzo que se demuestra inútil?. ¿La constatación de un derroche improductivo?. ¿El diezmo de una existencia sin avenencia y sin recompensa alguna?. ¿Un corolario para una entrega infructuosa?.

El tiempo es ese límite que el ser se da con referencia a un absoluto no darse.

¡Recuperar el tiempo perdido!:

¿La voluntad por agrupar elementos incompatibles?. ¿El reconocimiento expreso de una finitud por la que no se volverá a transitar?. ¿Una acción de despistaje para intervenir en un presente que no tiene objeto?.

El intento de deslocalización de un sujeto sin referencias para encontrar una ocupación plausible.

¡No tengo tiempo!:

¿La respuesta a una demanda considerada irrelevante desde una taxonomía personal sobre el desprecio?. ¿Una fórmula cortés de desquitarse y dar rienda suelta a un disimulado malquerer?.

La negación de la transitividad en otro lapsus vital.

¡No pierdas el tiempo!:

¿El esfuerzo por imponer una voluntad sobre otra?. ¿Una limitación sobre la soberanía para elegir qué o quién nos engaña?. ¿La búsqueda de un beneficio sobre lo improductivo, la rentabilidad de lo yermo, lo contractual entre la obligación y la renuncia?. ¿El peso de la amortización que impone una deuda para saldarse lo antes posible?.

Una búsqueda infructuosa.

¡Estas desperdiciando el tiempo!:

¿La obligación impuesta por una depreciación absoluta de un recurso vital?. ¿La obsesión por lo intransitivo y lo residual?. ¿Una inapropiada introyección sobre la conciencia dominada de lo ajeno?.

La negación de una quimera.

¡El tiempo apremia!:

¿El peligro ante el incumplimiento de un plazo pactado?. ¿El anuncio sobre un colapso cíclico?. ¿La irrevocable ausencia?. ¿Un espacio imprevisible del que se nos excluye?.

Un trampantojo que esconde y nos confunde sobre la necesidad de reducir la velocidad para dilatar el tiempo.

¡Matar el tiempo!:

¿Esa negación a mostrarse, a dejarse ver?. ¿Negar la posibilidad de lo dado?. ¿No darse?. ¿Eliminar lo que nos contiene imperceptible, no físico?.

Ejecución sumaria sobre lo no no-vivido. Inaprensión.

¡…!

El tiempo corre, quieto, para quien lo cuenta.
El tiempo vive, muerto, para quien lo reclama.
El tiempo siente, inerte, para quien se desprende.
El tiempo se sabe, neutro, para quien lo conoce.
El tiempo libre, cautivo, para quien lo padece.

8/10/2007

ALGO SOBRE "LA VERDAD"

La verdad os hará libres”.

Eh ahí una falacia de peso, una quimera, síntoma de la opresión que se ejerce desde lo unívoco.

Un análisis más preciso nos revela que la “verdad” tiene que ver más con la creencia que con la certeza, con el sí mismo que con el otro, con la condición que con el criterio. La verdad es un entorno dispuesto a acogernos en su seno sin desprecio, porque la verdad concisa y determinante es la muerte.

Entonces …“La muerte os hará libres”

Esto es más factible o más cercano de quien pronunció esa máxima o de quien la tradujo, allá en lo inconmensurable de la oscuridad de la noche. Porque la verdad como la muerte andan desposeídas, en busca de su objeto, pues la muerte siempre se señala en alguien.

La verdad y la muerte se imponen en esa conjunción que niega la vida, cercenando radicalmente al ser libre, imposibilitándolo.

Porque el ser libre es posible mientras burle a la muerte, mientras sea capaz de eludir a la verdad. El ser libre relativiza, duda, actúa para alterar el orden, para evadir la condena que imponen al unísono la verdad y la muerte.

La verdad y la muerte muestran su sinsentido como la rosa desposeída de su rosal.

La verdad impone su condena que es la muerte y ésta confía complacida en acoger a su víctima.

Jesús lo dijo: “la verdad os hará libres”. Y a continuación apostilló: “la verdad soy Yo”.

Ese “yo”, insustancial, dios de todos los credos se quiere “verdad” y por tanto muerte en toda su extensión. La muerte es la contribución biológica para constatar la separación entre el espacio y el tiempo. Es esa tercera dimensión de lo impenetrable, la masa de la materia oscura, el poro por el que se diluyen los sueños, la llaga de la nada.

Cuando Nietzsche sentenció la muerte de Dios no hizo sino certificar la muerte de la verdad. Esa verdad que se quiere imponer tanto desde el logos como a través de la fe. Esa verdad de lo que se pretende diáfano, inmaculado, único, singular, inasible, inmutable, etc. La negación arbitraria sobre toda conjetura.

La “verdad” es la mentira que se impone sobre otras como una sentencia de muerte que se pretende inapelable, un aparente que quiere consolidarse como certeza, la desproporción de un veredicto sobre unos hechos que exudan la culpabilidad inherente de quien los juzga.

4/13/2007

OUK ON (La Indeterminación Esencial)

"La imagen, capaz de negar la nada, es también la mirada de la nada sobre nosotros".

(M.Blanchot)


Si algo sobrepasa a su pensamiento es la intuición de lo intangible.

El pensamiento mítico pudo establecer un punto entre lo visible y lo invisible, entre lo conocido y lo desconocido. Después, la razón experimental abandonó el dominio intuitivo y el éxtasis dejó de ser un vehículo de acercamiento a un mundo en el que los modos “quietud y sosiego” fueron esenciales. La Nada, hasta entonces, pudo no ser ni existir y sin embargo estar. Esa fue su indeterminación esencial. Hoy la nada ha sido secuestrada y por ello es y existe, pero sin embargo no está, su esencia ya no se encuentra en lo que representa, sino en cómo se representa.

El problema esencial de la creación es el problema de la Nada. No de cómo algo es creado con nada, sino de cómo nada es creado, a fin de que, a partir de ello, haya lugar para algo, pues admitiendo que no somos más que episódicamente conductores de sinsentido, en lo esencial hacemos masa, viviendo la mayor parte del tiempo en los modos o husos “pánico o aleatorio”.

Aunque la ficción conserve lo esencial de la emoción, la vida no está en el movimiento que la transmite, sino en la omisión de la narración que la significa.

Es esa indeterminación, que no puede consignarse, la que sostiene y protege diabólicamente a este mundo, la que nos libera a través de una conmutación incesante y nos contiene bajo un principio de incertidumbre.

La Nada nos amenaza hoy absorbiendo el tiempo, reduciéndolo a simple estar que pesa. Concebida como afirmación de substancia no transita. Concebida cono negación de sustancia es transitiva, espacio virtual de posibilidad, la condición para cualquier desenlace.

"Sólo el vacío atestigua un pensamiento que se busca en la Nada".

(E.Jabes)

3/28/2007

UNA APORÍA INSOSLAYABLE

Durante siglos los estados, las naciones, sacrificaron vidas para sustentarse, de modo que la muerte de sus caídos anónimos fuera uno de sus pilares. La mortalidad cobraba así sentido aún en su anonimato, vivificando la vida de los súbditos. Hoy, los estados sacrifican a la propia muerte, banalizándola expositivamente, en una representación reiterada de cifras estadísticas para mantener sus sistemas productivos fundamentados en cómo evitarla.

Por otro lado las religiones, transformadas en Estados virtuales, contribuyen al sacrificio por la inmortalidad que pregonan sus credos con el martirio de fieles para su causa. La muerte, como consecuencia natural, ve usurpada su carácter de límite y se transforma en vehículo redentor para el fiel que se inmola. La muerte ya no es el fin, sino el único medio para insustanciarse de una vida indigna.

El sujeto masa sólo puede singularizarse inmolándose como mártir en la guerra de un estado o de un credo contra sus adversarios. La "liberación" por la muerte rompe así el maleficio y la condena al anonimato.

En este contexto, sólo la acción de morir matando confiere transcendencia al hecho de vivir ignorado. La causa de la muerte del suicida ejecutor es legítima en la medida en que su acción es elegible, y también por ello evitable. Por el contrario, la muerte de su víctima es ilegítima porque no es evitable desde sí mismo al no depender de sí.

La legitimidad o no de la muerte se sustenta hoy en su causalidad y por ende en su evitabilidad. De ahí que para los verdugos o para los que como tal ejercen toda muerte es indigna para quien la recibe, pero dignifica por el contrario a quien la presta.

Desde esta lógica, y paradójicamente, la eutanasia activa, como prestación sustitutiva de los cuidados terminales, es una indignidad tanto para el que la recibe como para quien la presta, porque, mientras pueda evitarse causalmente, no estará en ningún modo legitimada su facilitación.

Morir sin causa, sin motivo, "naturalmente", es algo que pertenece al tiempo del asombro. Hoy nada sorprende por el secuestro que las imágenes han hecho del mundo. Lo circunstancial ha sido sustituido por lo causal. Lo ambiental ha perdido consistencia frente a lo orgánico. La ley produce la circunstancia, crea el orden, no se proclama por ella ni emana de él.

De este modo la muerte como respuesta al caos, a la entropía cinética, a la incertidumbre, ya no es absurda, sino que se torna en solución reglamentada, causalizada, autorizada y normalizada. De ahí que la muerte, inducida por la seducción de sí misma, sea la morfología de la sinrazón, el símbolo de toda transcendencia onanista.