Consideraciones humanas sobre cuestiones inútiles, innecesarias e imperfectas de la profesión atea. Compartir lo efímero, testimoniar lo disoluto, aullar ante el silencio. Aulla! Aulla!

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2/12/2007

INFELIZMENTE SATISFECHOS

Todo viaje que se precie nace de alguna pregunta y busca alguna respuesta.
(R. ARGULLOL)

Una de las alternativas que se ofertan para “ocupar el tiempo libre” en nuestro orden social es “viajar”. Quizá sea esta la forma más codiciada de subvertir el orden que impone la rutina, y también de poder despertar de su letargo a nuestros sentidos, a través de la búsqueda de novedosas sensaciones o experiencias.

Pareciera como si una corriente de nuevo vitalismo nos hubiera imbuido de la frescura que la juventud da para ir en busca de alguna identidad, o quizá de la necesidad de comprobar cuáles son nuestros propios límites. Nada más alejado de lo constatable.

Viajar, en el sentido de aventura, ha sido sustituido por hacer turismo: ese desplazamiento por placer, programado y dirigido, limitado en su duración y enmarcado en el consumo del ocio planificado en las sociedades industriales.

El turista es el modelo de sujeto/objeto al que se acomoda, como la pana al maniquí, la gran mayoría de los ciudadanos. Ser un turista es una forma de representar y dilapidar “placenteramente” el excedente acumulado por el trabajo o por las rentas de capital, aunque también constituye, a su vez, ser parte de un importante sector productivo del engranaje económico. El turista es un ser que produce y genera riqueza, un eslabón más de la cadena, lo que representa en nuestro país alrededor del 11 % neto de la aportación al PIB.

Esto que en teoría es aséptico no lo es, tanto en cuanto, lo consideremos además un elemento modelador y ordenador del medio ambiente. En nuestro caso podemos hablar de una elevada tasa de “contaminación turística”, sobrevenida por la modificación de la mayor parte del paisaje costero del litoral mediterráneo, dispuesto para que se produzca la recepción masiva de este cúmulo de infelicidad satisfecha.

Porque quizá sea esta la clave de todo el emporio montado en torno a este fenómeno social: la posibilidad de satisfacer por unos instantes tanta infelicidad. La infelicidad satisfecha es una muestra de la opulencia de nuestras sociedades, la recompensa a la insatisfacción de tanta rutina, el sueño que atraviesa toda la mediocridad de la gran clase media.

Hoy se confunde el traslado por medios mecánicos por un Viaje, la visita guiada con alguna escaramuza programada y anecdótica con la Aventura, el paseo por el parque temático creado al efecto por un Descubrimiento… El turista es un modelo inorgánico trasplantado en una simulación del mundo real, y que una vez trepanado, culmina el viejo sueño del hombre de habitar una naturaleza dominada, un mundo por fin a su semejanza.

Claro que también hay el denominado “turismo sexual”, esa concupiscente forma de ejercer el dominio colonial sobre los agraciados-condenados a este desparrame, insigne muestra de nuestros mejores valores morales.

Creo que los últimos “viajes” disponibles para el gran público fueron los psicodélicos, antes de que cortaran el ácido lisérgico con matarratas y speed. Claro que aquellos viajes entrañaban el riesgo que corresponde a algo que como tal se precie, por lo que fueron duramente perseguidos por el sistema. No eran productivos sino todo lo contrario, podían ampliar la percepción, desencadenar un cúmulo de contradicciones personales, trastocar los valores desde la intimidad, comunicarnos con la divinidad que hay en cada uno…

Ahora, menos el LSD, todo está en FITUR, esa feria internacional de turismo, de la cual nos podemos sentir muy orgullosos y que contribuye tanto a nuestro desarrollo económico y ambiental. Este año habrá tropecientos millones de desplazamientos y de traslados, así que los decorados ya están preparados, y las agencias, que no pueden crecer en ofertas exóticas ni nuevos destinos, tienen que competir ofreciendo nuevos contenidos, de los que me han llamado la atención los siguientes:

“Viaje con picadura de tarántula incluida”. “No renuncie a un abrazo de la boa constrictor”. “Sienta, por una vez, el hambre y la sed de la miseria”. “Con nosotros, lo más cercano a la muerte”, y otras cosillas por el estilo…

Con ofertas como éstas, quién podría negarse a volver a “viajar”.

Aunque, ¿cuánto de auténtico viaje hay en nuestra vida, y cuanto de turismo?.
(Chantal Maillard)