Consideraciones humanas sobre cuestiones inútiles, innecesarias e imperfectas de la profesión atea. Compartir lo efímero, testimoniar lo disoluto, aullar ante el silencio. Aulla! Aulla!

11/29/2013

REFORMISMO O RUPTURA V. De la "izquierda orgánica"

De la denominada a groso modo “izquierda” sólo quedaron unos rescoldos tras la ofrenda en pira al sueño neoliberal realizada después de Mayo del 68’. Aún hoy, en ella, se refugian en el ostracismo unos cuantos bucólicos de un sueño que sólo fue pesadilla cuando se materializó o quizá también algunos militantes de base, héroes de un laicismo vibrante pero que a lo sumo sólo cumple con tareas secundarias de secularización en el propio orden burgués. Es factible que aún hoy algunos jóvenes redescubran en la “literatura ideológica”, y más en este ambiente de “crisis económica”, un yacimiento en donde soñar con anhelos universales de justicia y libertad, anhelos que colmen su espíritu crítico y modelen su energía al margen del fulgor de la moda y del consumo preferente. Pero no conviene despistarse sin asumir que esa izquierda ideológica, tan crítica y militante como no practicante, sostiene a una superestructura orgánica de pragmáticos gestores que sirven y conforman uno de los basamentos políticos del sistema “democrático”, de profesionales que engrosan los cargos opulentos de la gobernanza y de la administración integrados en la tan acertadamente denominada “clase política”. 

En su conjunto la “izquierda” ya no actúa desde “fuera de” sino que lo hace desde “dentro de”, como uno de los polos necesarios para mantener la tensión de la corriente continua que alumbre el sumidero de la historia, de tal modo que, en perspectiva, tanto esta “izquierda orgánica” como “la derecha”, en su alternancia de poder suplen, en los sistemas democráticos, a las repúblicas o las dictaduras en los “imperios civilizados”. 

La visión del mundo propuesta desde la “izquierda” no ha podido contrarrestar el perfeccionamiento de un sistema de competencia para la explotación del hombre por el hombre, es más hay que reconocer que en alguna medida ha contribuido a ello al compartir en la práctica el “argumento empírico” de ser uno de los medios que contempla la especie para perpetuarse. 

La “izquierda” en su discurso se presenta como la alternativa -humanizada- de aquellos que no son más espabilados, ni más fuertes, ni más canallas, pero que aspiran a ocupar los puestos de gobierno por vía democrática en contraposición al otro tipo de linaje, el de la “derecha”, al que al parecer, en su barbarie, le corresponderían los mismos por la gracia divina o por simple transmisión genética. De ahí que la “izquierda orgánica” sea la opción que dispute el juego democrático con estrategias en las que prima la seducción racional compartida sobre la fuerza y la imposición por el delirio y la brutalidad, ejercida por sus antagonistas y a su vez complementarios adversarios de la “derecha”. 

Quizá en la “izquierda” se encuentre el potencial para sobrevivir en tiempos de penuria intelectual a la desfachatez de un mundo que dejó de ser gobernado por ilustrados para serlo por paletos, pero el charlatán al uso de la “izquierda orgánica” pervierte el mandato representativo cuando apela a una moral en la que la solidaridad, la igualdad, la esperanza y “el progreso” para los más débiles (el rebaño deprimido) sea lo que les aúpe hacia la administración del poder frente a los que se consideran fuertes por naturaleza o simple linaje, la “derecha” (la cabaña histérica). Así es como la “izquierda orgánica” se ratifica y se nutre por el incumplimiento sistemático de sus sueños frente a la amenaza ocurrente de la imposición de otras pesadillas. Al representarse, esa “izquierda orgánica” dramatiza frente a lo que otros comedian, por atender escrupulosamente al estado inducido de ánimo de un paciente social con trastorno bipolar. Porque la “izquierda orgánica” cuando gobierna sólo lo hace en la medida en la que traiciona toda la voluntad y energía que aporta su base social, dilapidando su capital humano por capital financiero. Por eso no es ninguna alternativa real y no representa “la diferencia”. Es simplemente uno de los polos de este modelo de organización económica que, en el escenario de la representación política, gestiona las estadísticas de los “sistemas democráticos” de dominio. 

Nuestra visión, o quizá mejor decir ilusión, fue que la “izquierda” aspirara al poder para transformar el mundo y eso es lo que aún venden sus “chamarileros orgánicos” para obtener apoyo social traducido en votos para conseguir o mantener las cuotas de poder que ya comparten y detentan. Pero ya hemos comprobado que lo de cambiar el mundo es un eslogan publicitario y que las llamadas “políticas sociales”, sobre las que se fundamenta su merchandaising, son la letra para mejorar la venta de un programa político -el orden sistematizado de compromisos por incumplir- supeditado siempre a las bondades y oportunidades de los mercaderes y especuladores financieros. De este modo, a la ciudadanía ya no se la representa como “clase social”, es simple número, electorado, masa amorfa a modelar, segmentada en grupos o colectivos en función de sus deseos, gustos, aficiones, creencias o capacidad de consumo, etc., todos ellos maleables y manipulables, reducidos en última instancia a conformar “el target” o público objetivo de los mensajes publicitarios para el mercadeo político, legitimando en última instancia con su voto este despotismo estulto. 

Porque hoy, no nos equivoquemos, el fin de cualquier organización política es atesorar cuotas para la gestión de un poder cuya titularidad detentan corporaciones económicas transnacionales, evidenciando que cada vez es mayor la distancia entre los que detentan el poder real con quienes lo administran y estos, a su vez, con quienes lo soportan y padecen. Porque a la globalización económica, al metapoder de lo intangible, no se ha podido responder de igual manera desde todos los estamentos: los estados no han reaccionado con contundencia a la presión de los mercados y, a su vez, los ciudadanos tampoco han mostrado fehacientemente su determinación en contra de las condiciones de restricción y sumisión impuestas por ambos. En este escenario los llamados movimientos sociales permanecen incapaces de dar también respuestas eficaces a esta situación o al menos no se vislumbra ni trasciende de los análisis sobre lo que acontece desde sus distintos foros. La alternativa se debate entre inscribirse en el propio sistema, participando en él orgánicamente, para corregirlo desde dentro o en emboscarse hacia formas de organización paralelas, alternativas, que desactiven con la acción directa las exigencias de los mercados y las imposiciones de los gobiernos. 

En cualquier caso parece obvio que hoy la posición que deba tomar cualquier iniciativa de contestación y transformación social, incluida la de “la izquierda” pasa ineludiblemente por evitar cualquier vinculación con la denominada “izquierda orgánica”. En este sentido, dichas iniciativas, deberían conformarse de modo paradójico, sin una organización formal -orgánica- que las represente, porque es en esta aparente debilidad, por no tener cuerpo, en donde puede radicar su gran fortaleza frente al sistema. No participar de él para mejor incidir en suplantarlo, siendo su único fin sus propios medios en acción: cooperar/colaborar, para transformar. Se trata de evitar la delegación, que en sí es una práctica política de representación perversa. Se trata de ejercer la “acción directa” pero sin el recurso a la violencia que demandara en su momento la lucha de clases. Se trata de reflejar aquello que se proyecta, pero sin mediaciones y sin las distorsiones que se introducen por intereses personales o de grupos sectarios y/o corporativos. Se trata de visualizar sin ser visto, porque todo lo que sea gastar energía en reflotar/refundar organizaciones de “izquierda orgánicas” es sinónimo de inyectar energía en el propio sistema para mejorar su eficiencia. 

La opción, si es que puede vislumbrarse, no está dentro. Se trata de crear los mecanismos y los escenarios alternativos en las relaciones económicas, en lo comunitario, una lógica que no pueda ser identificada para no ser diluida, desde alguien que golpea pero que es también intangible. La lucha contra el poder, contra el único poder que hay, despótico y miserable, debe buscar cercenarlo, reducirlo, evitar que ejerza su soberanía, hoy ya global, porque su detentación se ha globalizado aunque su gestión se ejerza aún desde los localismos político-administrativos. El capitalismo financiero de las grandes corporaciones multinacionales ha tomado el mando y se está manifestando paradójicamente en economías diseñadas y planificadas, de las que el modelo soviético habría sido un anticipo, pero sus agentes ya no son los estados, sino el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. 

No se trata por tanto de acceder al poder, de tomarlo, sino de disolverlo, de evitar que ejerza su dominio, aunque se disfrace en la tramoya como “izquierda orgánica”. En este sentido, “la izquierda social” puede tener otra oportunidad pero sacrificando primeramente los “parásitos orgánicos” que históricamente la niegan y traicionan.

11/15/2013

Y EN ELLO ESTAMOS

Tiempos modernos. Charles Chaplin

… sí, aún estamos dando vueltas en la jaula, nos queda la capacidad de pensar, pero estamos tan mediatizados sobre lo que pensamos... El mundo cada vez se muestra más pequeño en su apariencia, porque se acortan las distancias mientras se amplifica el tiempo y esto quizá tenga que ver, curiosamente, con que cada vez es mayor nuestra insignificancia.
En este contexto los sistemas políticos sólo se corresponden con el perfeccionamiento técnico que el llamado “desarrollo” les procura, exigencias de un guión que cuida las formas, en este caso referidas al pastoreo, para garantizar el único orden que impone el poder económico, disponiendo el marco de las condiciones laborales para proveer de mano de obra competitiva en precio al sistema productivo.
La soberanía de los Estados es un recuerdo al que se aferra la nostalgia por ser aquella un elemento subsidiario, el apostrofe de una voluntad que ya no tiene dueño y que se circunscribe a funciones de policía para garantizar el orden público. Las democracias son los instrumentos políticos que legitiman, con la aquiescencia de los pueblos, a través de la administración del miedo, los límites de la explotación económica que ejercen en todo el orbe las corporaciones multinacionales.
Si, en nuestro ámbite, la esperanza de vida ha ido aumentando paulatinamente en los últimos 50 años, pero este aumento era equiparable, a su vez, a la vida sin esperanza para los millones de habitantes que no residen en él. No es una paradoja. El nivel de vida que tiene el primer mundo se mantiene por la explotación que ejerce sobre el resto.
Ya en nuestro corral, el advenimiento de la democracia significó, a tenor de las evidencias, la posibilidad del acceso a los "medios de corrupción" económica, hasta entonces circunscritos a los tecnócratas de la dictadura, de sujetos provenientes de otros estamentos sociales. Sí, nos vendieron el cuento de la “libertad política”, de la libertad de expresión, libertad sexual, libertad ideológica, de credo... pero la verdadera libertad que se impuso fue la económica, a través de liberalizar el mercado en toda su extensión. Porque “sólo la libertad económica y de comercio puede ofrecer estabilidad para la libertad política”. Así fue como se repartió la tarta del poder en los feudos autonómicos, que ciertamente contribuyeron a establecer o nutrir a las clases medias que empezaban a destacar tras el desarrollismo franquista. El poder monárquico ya no podría sostenerse sobre un férreo centralismo sino sobre un entramado de poderes autonómicos urdidos a través de un nuevo marco constitucional.
A partir de ese momento se abrió la veda a nuevos cazadores furtivos de fortuna que vieron en la política una forma sencilla de hacerse con cuantiosos botines. Por otro lado desde la “izquierda” se renunció al capital humano, desmovilizándose una vez que el PSOE llegó al poder todo el movimiento ciudadano hasta entonces pujante, amortizando las luchas obreras en los sectores que hubo que reconvertir (siderurgia, naval, minero) a través de jugosas subvenciones a sindicatos y otras entidades sociales, que como apéndices de la administración se fraguaran como un activo social tan dependiente como clientelar. A su vez, se priorizó la necesidad de contar con sectores económicos propios a través de la creación de empresas afines que financiaran la propia estructura política y la pugna electoral, así como controlar o disponer de medios de comunicación propios o afines. El entramado estaba servido. Sólo faltaba que corriera el dinero a través del crédito, lo que ocurrió con la entrada en la Unión Europea. Créditos que en vez de transformarse en financiar sectores productivos diversificados, con alto valor en I+D como apuntaba el informe Delors, o en sectores energéticos alternativos, se concentraron en el sector inmobiliario con la consiguiente liquidez y con ello especulación, promovida por las recientes normativas sobre urbanismo establecidas al efecto. Todo ello junto al aumento del consumo privado fue la manera de estimular la propia economía y la de nuestros acreedores a través de importaciones de productos manufacturados o bienes de equipo. A partir de ahí todo fue sobre ruedas porque todos estaban protegidos al estar todos endeudados, una forma burda de blindar al propio sistema que desde hace tres años ha mostrado su ineficacia e ineficiencia. Desde entonces la representación de la pugna política y todo ese vodevil entretienen a la ciudadanía con sus maniobras de distracción, mientras que por encima un pacto sostiene el emporio en connivencia con el poder judicial, que garantiza que salvo fuerza -higiénica- mayor nadie puede salir inculpado y condenado.
Llegados a este extremo solo cabe pensar que perdimos otra oportunidad de hacer de este país algo diferente o al menos algo homologable a los Estados “sociales y democráticos” que nos rodean porque, mientras en nuestro entorno el "estado del bienestar" había sido la estrategia que tuvo que permitirse el capitalismo para contrarrestar los logros del igualitarismo que el totalitarismo soviético establecía en el orden social y, con ello, evitar que su influencia y penetración pudieran erosionar al propio sistema tras la segunda guerra, las diferencias entre el resto de países democráticos europeos y nosotros se mantuvieron incólumes a su favor: sociedades laicas con experiencia democrática compartida, con separaciones efectivas entre Iglesia y Estado, identidades nacionales que no se fundamentan en el odio fratricida sino en la cooperación para sobrevivir, en la libertad y los derechos de la persona y no en la persecución y el inmovilismo, en el equilibrio a través de la separación efectiva de poderes. Pero, eso sí, estamos dando muestras de gran entereza y escasa pusilanimidad para mantener el pabellón alto, el orden, para acatar “el destino”, para trashumar en el quietismo, para soportar la vejación colectiva, para dispensar a los responsables de su responsabilidad, para exonerar al doloso. Efectivamente, nuestra capacidad de sacrificio colectivo se corresponde con nuestra capacidad de servidumbre. Y en ello estamos.

11/08/2013

MÍSEROS / MISERABLES

 
Diego Rivera. Mural -detalle-

"Para los enfermos de dolor universal, la vida y el mundo son sin sentido porque son miserables. En cambio, para nosotros, el mundo y la vida son miserables porque son sin sentido". (Günther Anders)


 Bajo la profunda misantropía y el denodado desprecio hacia la persona que se profesan en este país, a menudo, se confunde la miseria material y vital que padecen las personas en situación de pobreza con la conducta miserable que ejerce otra gran parte de la ciudadanía y que ostentan los gestores de la llamada “crisis financiera”.

Es común apreciar esa confusión intencionada, que rezuma como un estertor, en boca de cualquiera de los tertulianos al uso que tanto frecuentan las pantallas para la disuasión y el embrutecimiento o también, por esos otros estilistas de “la espada en el plumín”, que tan flamígeramente circulan por los campos narrativos, tea en mano, dispuestos a quemar rastrojos humanos. Si, se tergiversa con alevosía la miseria que sufren millones de personas con la miserabilidad insultante de quienes gestionan el poder o lo sustentan, porque se desconfía tanto del ser humano, tan profundamente, que se encubre al miserable (perverso, abyecto, canalla) con el mísero (desdichado, infeliz).

Es así, la ira y el odio son los productos o sustratos sobre los que se asienta nuestra convivencia porque el dominio sólo puede subsistir en la medida en que los dominados hagan de lo que desean objeto de odio. En este sentido, sententa y tres años después, aún no se han cerrado los efectos fratricidas de la contienda civil, no se ha llegado a producir siquiera el paso previo a toda posibilidad de trascender aquél momento histórico, por el reconocimiento mutuo del dolor infringido, de la obscenidad compartida. Sin embargo, ahora se profundiza en esta perversa estrategia que alimenta el enfrentamiento cainita mediante la oportunidad que brinda de nuevo el “fin del conflicto vasco”, sobre el que se centra la atención en lo perentorio de ser vencedor o vencido, cuando lo trascendente es el dolor infringido, que debe ser reparado tanto con la aceptación del cumplimiento legal de las penas como con la cauterización de las heridas por la desactivación del victimismo en cualquiera de los bandos. Incluso ahora nos podemos permitir una tercera vía hacia otro naufragio con la apertura de otro conflicto, generado esta vez por “la ilusión de la independencia” de Cataluña, que alimenta en principio un odio de “baja intensidad” pero ávido de ofrecer sangre fresca en un próximo sacrificio sectario. Si, el abrazo de la paz es algo imposible mientras exista beligerancia declarada entre un “nosotros o ellos” para cualquiera de sus acepciones. 

Estamos instalados y atenazados por un bucle en lo arcaico, que no es sino el del no reconocimiento mutuo y, con ello, en un grave problema de personalidad colectiva que busca su identidad a través de la exclusión y la aniquilación del Otro, que no es sino siempre un contrario y nunca una posibilidad hacia lo complementario. La intolerancia, la intransigencia, la impaciencia, ... son los síntomas de un cuadro de patología crónica, fruto de un envenenamiento para el que no tenemos antídoto. Esa es nuestra siniestra singularidad, la de una diferencia no compartida. Quizá Caín y Abel vivieran aquí pero sus descendientes ya no saben quién es quién.

Porque sin entrar en el análisis historicista, ¿qué seria de Europa si se vivenciaran, entre las distintas poblaciones de los Estados que la conforman, de modo similar y con la misma intensidad que entre nosotros, los sucesivos conflictos acaecidos en las dos últimas guerras del siglo XX?. No es ni siquiera imaginable. Pero por nuestro lado, adscritos al mimetismo del terror, a sus consecuencias, identificamos en su práctica cotidiana la única posibilidad para la autoconservación, como si éste fuera el último resorte posible al que agarrarse, como si la vida sólo pudiese pagar el precio de su supervivencia asimilándose a la muerte y a sus ritos. Si, este es un país en el que se rinde tanto culto a la muerte como desprecio a la vida, un país que rescata lo inanimado, bancos, inmuebles y autopistas de cemento, pero que expulsa a sus hijos hacia el extranjero o a sus ancianos y dependientes a cualquier vertedero. Si, un país de grandes gestos, en el que prima el orgullo del miserable que ostenta sus privilegios en el odio, en su mezquina capacidad para hacer de cualquier modo sangre en el ruedo. Un país de mortaja y plañidero, ebrio de lo inaudito, que continua alimentando la contienda que lo ciega, en orden pero mantenido por la ira y por el miedo.

10/31/2013

DEL INCONFORMISMO INFRUCTUOSO


Es inútil atacar directamente a la política mostrando cuantas de sus prácticas tropiezan con la moralidad y la razón. Este tipo de discurso convence a todos pero sin cambiar a nadie. Mejor seguir un camino indirecto que muestre su escaso rendimiento en utilidad real”.(Montesquieu)

Llevaba días musitando sobre la posibilidad de incidir acerca del imponderable moral y ético de las personas que realizan tareas políticas. Cómo se transforman una vez que acceden al poder, prescindiendo de todo aquello que proclamaron defender para alcanzarlo, despreciando a todos los que mediante un voto de confianza depositaron en ellos, gota a gota, el agua que calmara su sed. Por dónde poder disculpar a las ideas, al considerar que el error no lo es de concepto sino de ejercicio, y de cómo o del porqué si éstas o aquéllas otras, por utópicas, se mostraran como simples coartadas de una quimera para saciar los oficios de la codicia y la vanidad humanas. Pretendía mostrar como las ideologías son grandes pantallas que proyectan hacia el vacío únicamente las imágenes que los espectadores, el público, los electores, esperan y desean ver. O como éstas, cuando se concretan en sectarismo bipolar de “derecha” o de “izquierda”, ante todo, nublan el horizonte. Si, estaba convencido de que esta podría ser una vía útil para desentramar, y con ello inhibir, los efectos nocivos que sobre la salud de las personas comunes ejercen las prácticas políticas habituales, a través de tantas decisiones que se toman en contra de la voluntad de la mayoría, que otrora fueron avaladas por una confianza sucesiva y drásticamente traicionada. Si, estaba tentado de intentar resumir en pocas palabras la profunda decepción en ese “nosotros” como un colectivo singular, incapaz de modificar el modo de operar en un espacio geográfico para proteger la vida que en él habita. De como en estos últimos treinta y siete años los sucesivos gobiernos, de izquierda y de derecha, sólo han mediado para despacharse a su antojo los frutos de una tierra y de sus gentes esquilmadas hasta la miseria. O cómo ese placebo llamado democracia perdió su hechizo tras la primera galerna en un tórrido verano azul. Por dónde incidir en argumentos que busquen las causas de tanto desatino, a pesar de que en cualquier conversación sobre ellas se hable, por lo común, para no comprenderlos. Como redimir esta profunda acedia tras corroborar el fracaso de las expectativas de aquella generación que se hizo cargo de lo que parecía el naufragio de la dictadura y que, en realidad, lo que consiguió fue reflotar muchas de sus prácticas pero bajo un pabellón de conveniencia. Si, la razón se aviene a modos que el corazón no entiende ...

Quizá con ello pretendía incidir en esa incapacidad humana para responder a sus desafíos cuando éstos son colectivos, al parecer por ese condicionante genético regresivo que nos impide colaborar y se afana por competir, como si con ello se pudiera saciar y con ello inhibir ese profundo y bien nutrido miedo irracional al simple vagar, al simple vivir... Si, convencido por el tesón para evitar la indolencia, sólo pensaba en comprender cómo cambiar tal decepción a fin de siquiera intuir y poder compartir otro amanecer.

Pero todo ocurrió hasta que por azar me encontré con la antedicha cita de Montequieu, que desveló la impericia por infructuosa de aquél vano intento, mostrándome que la única utilidad para esas cuitas del pensamiento fuera si acaso exigir, respecto al mercado político y a cada uno de sus comisionistas, exclusivamente las frías cuentas. El de qué se jactan en el haber y a quién reparten en el deber, sin otros considerandos que el puro y duro rendimiento que contrae también para ellos el modelo económico que los sustenta y del que, como a cualquier otra industria o negocio, se le deben exigir dividendos. Aunque todo esto lo tendré que dejar para otro encuentro, en dónde éstos muestren si fuera posible o no reconfortar al sentimiento cuando éste, ya perdido de su centro, sólo insista en cambiar radicalmente las propias reglas del juego.

10/23/2013

DISTANCIA / PERSPECTIVA

Maurits Cornelis Escher

“La rebelión que tiene en cuenta la realidad se convierte en la marca de quien tiene una nueva idea que aportar a la industria” 
(Th.W. Adorno)


 La percepción de lo que ocurre no se distorsiona por la distancia desde la que se observa sino por el ángulo desde dónde se enfoca. Toda nuestra percepción de “la realidad” se encuentra mediatizada a través de la información y, con ello, cualquier análisis que pueda realizarse sobre la misma, de tal forma que la crítica que se realice sobre el sistema que ejerce el dominio tiende a frecuentar espacios de rebelión en el discurso pero, a su vez, prácticas de conformidad en el comportamiento. De este modo, ante algo novedoso, se recurre al síntoma, al significante, al estereotipo como instrumento para asimilar lo que aún no se comprende. Es simple, deglutimos en vez de rumiar y con ello banalizamos a priori. Por ello y con independencia de la distancia que tomemos o del ángulo que escojamos para nuestro análisis, la comprensión se circunscribe a un modelo preestablecido, bipolar, sectario o maniqueo que, si lo referimos por ejemplo al ámbito político, se desmenuza en una única cuestión previa: ¿son de “derechas” o son de “izquierdas”?. Así, la ideología prevalece o se antepone a los hechos y, de este modo, el argumentario tiende a buscar su identidad en el concepto y no en lo sustantivo, en el significante y no en el significado, en el mensaje y no en el acontecimiento. Es así como suplantamos las partes por el todo, las estrellas por el firmamento, algo parecido a los juicios que emite el analista mental al calificar a una persona, erradicándola de antemano, cuando espeta: “ahí va una esquizofrenia”. Es en esa indistinción del sujeto en pro del objeto lo que caracteriza entonces al juicio, como cuando buscamos la propia identidad en la diferencia en contra de lo que nos asemeja.

Es en este sentido como el sistema de dominio, a través de su “industria política y mediática”, requiere de nuevos productos que nunca lleguen a colmar las necesidades que él mismo produce. Y así, ya sea a través de una alternancia generacional en las propias filas de un partido político o por la aparición de “nuevas” propuestas, marcas, en el mercado electoral, en cualquier caso, éste mantendrá la oferta suficiente para estimular la debilitada demanda que en la actualidad hay de estos productos.

Porque hoy lo más destacable por coincidente en cualquier análisis, aportado por las consultoras de opinión en sus proyecciones, es la manifestada abstención, que constata la profunda desafección social respecto a los políticos, considerados cada vez más por la población como origen del problema y no como parte de la solución. Con ello, lo que se cuestiona en el fondo no es el pronóstico sobre quién gane o pierda, suba o baje su expectativa de intención de voto, sino el propio sistema en su conjunto como instrumento pantalla para ejercer el dominio y producir dolor.

En efecto, mayoritariamente los ciudadanos se encuentra indignados y hartos ante la corrupción generalizada en todos los estamentos institucionales, tanto públicos como privados, corrupción hasta hoy no castigada ejemplarmente por la judicatura a pesar de los procesos abiertos en curso. Porque el modelo “corruptivo” español alcanza a todas las esferas sociales, descollando la profesionalización de la picaresca en cualquier corporación o desde cualquier administración; al igual que también ocurre en el intercambio cotidiano de mercancías y servicios, impregnando de un barniz de incoloro-taimado a toda la sociedad. Este es el método por extensión que se ha impuesto sobre cualquier otra forma para garantizarse la vida, esa es la raíz sobre la que se asienta nuestra cultura económica y de intercambio, el tegumento moral: redes de corrupción interdependientes que se protegen por su proliferación, ubicadas en todos los espacios y que afectan a todos los estamentos.

Ante ello empiezan tímidamente a florecer “flores de papel”, que pretenden dar respuesta a esta situación de intoxicación generalizada. Así, si prescindimos de los partidos hasta hoy mayoritarios, dichas propuestas en unos casos comienzan a materializarse como en la del PartidoX, presentado recientemente en una especie de operación que quiere patrimonializar para su causa, en lo posible, todo el descontento social existente. Una propuesta promovida por un grupo de ciudadanos sin nombre, que diseñan desde su propia red las bases de un programa político, que se sustenta en dos pilares, “la profundización democrática” y un “plan de emergencia contra la crisis en beneficio de la ciudadanía”. Cuenta con personas que vienen realizando una importante labor beligerante contra las redes de corrupción así como el apoyo de expertos electorales que atisban una "oportunidad de mercado”, parecida a la dispuesta por Beppo Grillo en Italia o Syriza en Grecia,  pronosticándole 1.200.000 votos para las próximas elecciones europeas. Cabe, no obstante, objetar que su presentación no ha significado romper con el oscurantismo en su formulación, su necesaria apertura social, manteniéndose por hoy en el cenáculo de sus fundadores el secretismo más absoluto sobre la elaboración de propuestas programáticas, la búsqueda de la confluencia con otros movimientos sociales emergentes o la participación efectiva de posibles simpatizantes anónimos. Dicen que “están trabajando aunque no se les vea”(¡!). 

Por otro lado, la “izquierda orgánica” (IU) está ilusionada con realizar el “sorpasso” y dejar al PSOE como tercera fuerza parlamentaria. Para ello intenta cooptar todo ese descontento e indignación social a través de vincular a sus propuesta, de cara a las venideras consultas electorales, a otras fuerzas políticas como EQUO u otros partidos de izqda. que operan localmente en las distintas autonomías. Así mismo, a través de una estrategia envolvente, se pretende impulsar distintas plataformas ciudadanas como “Frente Cívico”, “Convocatoria Cívica”, etc. a fin de "atraer a la calle para llevarla hacia la política”, cuando en realidad lo que la calle demanda es que los políticos de izquierda dejen sus poltronas y salgan a la calle.

En cualquier caso, bajo este prisma, si pudiera haber una viabilidad política alternativa mayoritaria a la gestión neoliberal que realizan los partidos políticos al uso, sean de “izquierda” o de “derecha”, pasa ineludiblemente por superar en su programa político esa dicotomía a la hora de poder atraer mayoritariamente a un electorado desencantado. Porque, no se trata de refundar “la izquierda”, se trata de dar respuesta concreta a las necesidades de la mayoría de la población del país con un programa político viable, que sume y que impida que se vuelvan a instalar en el poder las mismas prácticas que ahora hay que erradicar. Una opción que debe construirse superando el odio fratricida, el sectarismo ideológico y el maniqueísmo inoperante y que, a su vez, pueda ser la única opción que garantice que no se produzca el posible pacto PP-PSOE para mantener, tras las próximas elecciones generales, el actual status quo. 

Bajo otra perspectiva, las personas y colectivos sociales impulsores de las movilizaciones del 15M mantienen aún abiertas sus expectativas en este debate sobre la conveniencia para sus propósitos de participar o no en política a través de los partidos o, por el contrario, de hacer política activa desde la calle, como una forma de oposición constructiva ciudadana al propio sistema, sin necesidad de participar orgánicamente en él. Una disyuntiva que puede llevar a la división en su seno y, por ello, a su debilitamiento si primara por algunos de sus componentes la opción de auparse al carro político para obtener exiguas cuotas de poder, diluyéndose con ello en parte la esencia de sus movilizaciones o, por el contrario, mantener la unidad para conformar su fuerza por la renuncia explícita al espacio político de los partidos, aumentando con ello su capacidad de convocatoria y de ofrecer y compartir respuestas a los problemas concretos de los ciudadanos, despreciando el gasto inútil de energía en proyectos sectarios tribularios siempre del poder y recurrir, por contra, al apoyo mutuo, intentando cambiar a corto paso la propia vida, en el pequeño espacio que uno y su circulo cercano abarca, estableciendo otros modos de relación y colaboración ciudadanos, sin delegar la responsabilidad, afirmando y no negando por el placer de comprometerse, desbaratando ese solipsismo de que “para cambiar la sociedad hay que conquistar el poder” que, a la vista de lo acontecido en los últimos 100 años, se convierte en su contrario, al haberse perpetuado en él modos absolutistas o totalitarios de dominio sobre la población ... por una minoría que no la representa.

8/22/2013

EL REDUCTO DE LO INSOSLAYABLE

(Mark Rothko)    


La propia muerte es el único de todos los desfallecimientos que jamás se disculpa”.
(Jacques Rigaut)

 En una conversación reciente sobre la “calidad de vida” en los distintos países de nuestro entorno se sacó a colación el indicador “suicidio” para intentar ilustrar que en ellos, a pesar de sus elevados indices de desarrollo, no todo es tan agradable como se pinta.

Vayamos por partes desgranando esta hipótesis. Por un lado, si lo que se pretende es correlacionar un indicador de calidad de vida como es el de “índice de desarrollo humano” con la “tasa de suicidio”, deberíamos admitir que la relación más frecuente suele ser inversa. Entonces la elevada tasa de “suicidio” en los países nórdicos, por ejemplo, quizá obedezca a otras causas que no tienen relación directa con lo que entendemos en términos generales por elevado bienestar social entre la población.

Por otro lado, el “suicidio”, podría contemplarse como una respuesta personal, culturalmente condicionada ante determinadas situaciones específicas, entre personas de distintos grupos humanos. Una especie de gen recesivo dispuesto a activarse ante determinadas circunstancias ambientales.

Cabe señalar a su vez, que en el orden moral y en nuestro entorno cultural, la respuesta suicida suele valorarse como un acto homicida del ser contra sí mismo. Una respuesta intolerable y extrema del ejercicio de la libertad, por la que el individuo cuestiona tanto su salud mental como aquellos valores morales, éticos y estéticos compartidos mayoritariamente por una determinada sociedad, que valora ante todo la existencia por encima de la vida, el hecho de estar con independencia de las condiciones que lo habiliten.

Ahora bien, si aceptásemos como posibles estrategias de supervivencia de la especie la ubicación de los individuos entre dos grandes grupos o categorías de individuos, los “fuertes-violentos-depredadores” y los “débiles-pacíficos-colaboradores”, podríamos establecer que será exclusivamente el ambiente quien determine, en cada caso, cual de estos dos grupos se posiciona favorablemente para cumplir mejor con esa misión, o en qué momento el “modelo de la competencia” puede dar mejores resultados que “el modelo de la cooperación”. Bajo ese prisma, el suicidio puede ser la respuesta de quien no entra en competencia con otros, de quien no continua con la existencia bajo el sometimiento, la vejación y el ultraje físico y moral a que puede ser sometido en sus condiciones de vida, un acto extremo por el que “los fuertes y violentos” inducen a los “débiles y pacíficos” a sacrificarse. En este sentido, quien no acepta las condiciones sólo tiene dos opciones ante el yugo impuesto: contravenir la norma y, con ello, romper con la cadena de autoprotección, “traicionando” el mandato biológico que asegura la continuidad de la vida en otras generaciones, quitándosela; o encontrar en otras formas de resistencia pacífica y apoyo mutuo el sustento para sobrevivir.

Pero también, con independencia de las categorías que queramos establecer sobre los grupos humanos, el suicidio aparece como un acto contra natura, un acto de quiebra, de ruptura ante las imposiciones del determinismo biológico, que nos obligan, por encima de todo a sobrevivir para la especie en cualquier circunstancia, aún a pesar de no querer hacerlo para uno mismo, en un radical desencuentro entre conciencia e instinto. Una negación de la negación que supone también rechazar, a través de la propia extinción, la conducta que pretende sacrificar a muchos en beneficio de unos pocos bajo el auspicio de un pretendido beneficio para todos.

Es paradójico cómo el suicidio es un acto no-programado que desajusta el orden social, un acto que irrumpe y afectan a la colectividad que, sin embargo, lo propicia, llegando incluso a ser motivo de indignación entre la “opinión pública” y que por ese afán de autocomprensión, a través de asimilar al otro excluyéndolo, pueda llegar a justificarse desde una hipócrita actitud de “extrañeza”. Así es como el acto suicida es reapropiado en un formato inocuo, como un indicador estadístico y, a través de él, desvirtuar o menoscabar los evidentes logros de “protección y apoyo social” que se prestan por el Estado en los países nórdicos en comparación con los países latinos, en donde efectivamente hasta antes de la actual crisis había un menor número de suicidios, a pesar de tener peores indicadores de desarrollo humano o de bienestar social.

De cualquier modo el valor del suicida es equiparable al valor del desprecio social medido en términos de indiferencia, porque el suicidio singular sólo cobra valor social cuando victimiza a la propia colectividad y, siempre y cuando, pueda ésta utilizarlo en su favor atribuyéndoselo a otros como consecuencia de la simple acción política.

Artaud lo expuso en referencia al suicidio de Van Gogh y cómo se reaccionó ante ello, equiparándose al suicida con su verdugo, para evitar la conmoción en la conciencia. Porque, efectivamente, el suicida es cuestionado hasta en este extremo, pues la respuesta que da no es la adecuada y en ningún modo ponderada a la “comprensión” que pudiera recibir desde el conjunto de la sociedad, porque en este caso, para ésta, el reconocimiento de la culpa no es más que el exhorto para poder liberarse de ella.

La parábola de los fuertes y los débiles se reduce entonces a un problema de imagen social, a una cuestión estética, motivo de indignación para unos (aquellos que detectan las imperfecciones del mundo pero con objeto de perfeccionarlo) y/o de aquellos otros que menoscaban esos comportamientos como conductas aberrantes, en la que sólo aprecian una manifiestación de locura o acaso, la sintomatología depresiva de unos sujetos prescindibles en la intrascendencia cotidiana.

Lo evidente es que la conducta suicida siempre es valorada bajo la ambivalencia, ya como consecuencia del maltrato social o de la propia alienación mental del individuo. Con ello, en cualquier caso, siempre es rechazada como una conducta tanto detestable como evitable, para no ser nunca reconocida en un marco de legítima libertad individual porque, para esa “conciencia”, nadie que se suicida es libre o siquiera pueda ejercer con ello su libertad. Todo suicida es por tanto condenado previamente aunque luego pueda ser tratado como víctima. Todo suicida es por ello culpable por suicidarse, porque el hecho es únicamente asumido como execrable en el ideario colectivo.

Por qué no reconocer el valor y la determinación en cada suicidio, más allá de la causa por la que se produce, por qué no encontrar ahí el gesto que no acepta el sometimiento a la imposición de la indiferencia cainita que nos caracteriza colectivamente. Por qué buscar una justificación en el otro al ejercer su libertad sobre lo injustificable en lo propio al negarla.

8/02/2013

TRANSPARENCIAS

Transparencias. Alicia Valle

Todo ser vivo se inclina espontáneamente hacia formas de control por transparencia comunicativa, hacia pautas de autodirección”
(Antonio Escohotado -Caos y Orden-)

 En el marco de la ingente tarea que la especie desarrolló para adaptar la naturaleza a sus necesidades estuvo, sin duda, la eliminación de todo aquello que pudiera significar oscuridad y tiniebla, que no fue otra disposición que la de contrarrestar el temor y el temblor que produce la indefensión ante ese miedo atávico a ser agredidos violentamente en la oscuridad de la noche. Sólo, una vez controlado el fuego por el hombre, mermó aquél temor a la oscuridad y aún, sin desaparecer, pudo desplazarse hacia otros confines, propiciando con ello el dominio de esta especie sobre la naturaleza.

La transformación del hábitat en busca de seguridad tuvo como inevitable consecuencia una paulatina desvinculación con la noche. Las luces alumbraron el mundo de los hombres pero ocultaron la morada de los dioses, las estrellas de la noche en el firmamento y, con ello, la conciencia de nuestra insignificancia. Porque el fuego y luego la luz no sólo poblaron la oscuridad de sombras sino que permitieron la fundición del metal y con ello las herramientas para perfeccionar los instrumentos para la desolación.

Es así como la arrogancia de la especie creció en la medida en que se fue dejando “alumbrar”, convirtiéndose la luz en el principal elemento disuasorio sobre nuestra capacidad para discernir. De ahí que los “alumbrados” en los siglos XVI y XVII conformasen el llamado “Iluminismo”, con el que se quebrara toda la herencia del llamado “oscurantismo medieval” y que, con posterioridad, dio paso a la “Ilustración” en el siglo XVIII o “Siglo de las Luces”.

Desde entonces, “los iluminados”, desde la “deslumbrante razón del materialismo empírico”, impusieron su visión sobre cualquier otra sombra de duda, monopolizando el destino de los pueblos en un ejercicio de intercambio entre la evocación de lo simbólico por la ilusión significativa en lo matérico. De este modo, por la gracia del neón, la “civilización del resplandor” espoliaba la tierra mientras desterraba al hombre de su origen, de su enigma; nos condenaba a un “progreso” que permitió aumentar la esperanza de vida, pero a consta de degradarla exponencialmente, al devastar el medio ambiente para poder extraer los recursos que suministran la energía del sistema productivo que la sustenta.

Pero la luz, en tanto que alumbra, también oculta y en ocasiones ciega. De hecho, todo aquello que no sea iluminado y, por tanto, visualizado no existe. En la cultura de la imagen, de lo visual, la luz es emergente, es omnipresente y no permite resquicios de penumbra, ofreciéndose como la cobertura necesaria para “un orden que aspira a saber sin lagunas, pues sólo el saber total garantiza la protección total”(*). De modo que las imágenes tras sustituir a las sombras, afirman en dónde antes había duda, ofrecen respuestas en dónde antes sólo había preguntas. Por eso la luz es, también, la gran respuesta que acalla, nubla o vela casi todas las interrogantes.

De ahí que hoy, ese afán hacia la transpariencia nos lleve a evitar la intimidad, a desposeerrnos en una desnudez translúcida, en donde el objeto, una imagen en el orden de la apariencia suplanta al sujeto, como cuerpo, en el orden de la presencia. De tal modo que la privacidad sólo puede ser compartida, sólo puede ser en cuanto se haga pública, porque ya todo ha de ser susceptible de ser mostrable, visible, accesible, controlable y manipulable por el propio “cuerpo social”, que no es otro que el de la propia Red en la que se vierten las imágenes que testifican la presencia de cada sujeto que transita en cada disposición, en cada post.

El gran público, la Red, es un gran escaparate de voyeur que se escudriñan a sí mismos sin dejar la oportunidad para ocultar absolutamente nada. En ella, cada corpúsculo de luz que la conforma, cada usuario, cobra forma y se diseña en una narrativa de higiene personal compartida, como en un acto reiterado de defecación colectiva a la que se suele concurrir con las mejores galas.

Pero es también este frenesí de lo visible el resorte que utiliza el poder para indagar en “el sueño de la absoluta transparencia de una sociedad cristalina” (*). Nunca antes hubo tanta información y a su vez tanta ignorancia. Nunca hubo tanta transparencia del poder y a su vez tanto desconocimiento de sus mecanismos. Nunca el engaño fue tan manifiesto y sin embargo tan avalado por una credulidad generalizada. Nunca, como hasta hoy, la imagen suplantó al objeto, ni lo virtual a lo real, de ahí que “lo natural” se nos haya hecho extraño por agotamiento de existencias. Todo quierese representar diáfano y transparente, de ahí que lo irreal se muestre tan verídico, sugestivo y deseable como lo real fraudulento, vulgar y desechable. Lo irreal nos seduce evocando placer mientras que lo real nos desvela causando dolor y vómito.

La luz ha hecho posible que la existencia se trascienda a través de la simulación. De ahí que esa existencia sólo sea aquello que aparenta ser y que la esencia se muestre sólo como apariencia: sombra sin cuerpo.

La luz como estandarte del nihilismo, sin origen ni destino, ha borrado todo aquello ubicado en lo inconscientemente temido, pero, a su vez, nos ha hecho más temibles. Todo se representa aunque nada se manifieste, todo se habla aunque nada se diga y así el recuerdo se cultiva como un ejercicio de olvido sistemático, de un borrado selectivo. Lo efímero es recurrente y apreciable en la medida en que es prescindible. Lo obvio se traviste en descubrimiento y lo intangible en la única aspiración constante para el valor de cambio. La luz es absoluta frente a la transitoria oscuridad, en la transparencia de un mundo sin enigma, en la transparencia de la confusión**.

Entonces, ¿es el tropismo de la especie hacia la luz una vía hacia un sin desenlace, la condena perpetua por nuestra ignorancia?. Entonces, ¿reconoceríamos que “el límite del saber es la transparencia perfecta de las representaciones a los signos que las ordenan”***?. 

* Tratado sobre la violencia (Wolfgang Safsky)
** "Confussión, will be my epitaph”. (Pete Sinfield) 
*** Las palabras y las cosas (Michael Foucault)

7/05/2013

CAINITAS Y ABELITAS



 Atendiendo a la conservación de la especie podríamos considerar en la conducta humana dos estrategias de comportamiento bien diferenciadas pero, a su vez, complementarias, las cuales se han asociado a aquellos rasgos que son dominados por el altruismo o por el egoísmo. Asi se podría distinguir entre, por un lado, una estrategia “abelita”, significada por aquellas respuestas dominadas por rasgos altruistas y por una marcada tendencia hacia la cooperación frente a las dificultades en el medio ambiente y, por otro, la estrategia “cainita”, dominada por rasgos egoístas, que frente a un medio ambiente adverso se fundamenta predominantemente en la competencia.

El dilema sobre si el altruismo existe realmente en la naturaleza o no se trata más que de un egoísmo disfrazado es un debate que se mantiene dentro de la biología evolutiva y de la etología desde hace mucho tiempo. En este sentido, además, tanto la pretendida vinculación genética del egoísmo, como aquella otra que asocia el altruismo a un tipo de comportamiento aprehendido, no son estrictamente verificables. Lo cierto es que en relación con las llamadas “especies sociales” el altruismo aparece como respuesta preferente utilizada para mantener a la especie. Es el caso de determinadas hormigas que abandonan la colonia antes de morir, un comportamiento similar al de los ancianos en determinadas tribus de Indios de Norte América, cuando al ser una carga difícil de sostener para el grupo en los duros inviernos se aislaban para morir en soledad.

 Por otro lado, en el ideario popular, suele asociarse comportamiento altruista y cooperativo con individuos de morfología o de carácter débil, mientras que los de comportamiento marcadamente egoísta se asocian con sujetos fuertes y por ende competitivos.

 Relacionando todas estas consideraciones anteriores podríamos distinguir esa posible especificidad en la que los “débiles-altruistas-colaborativos” pueden sacrificarse para conservar al grupo y potenciar su supervivencia, de aquella otra a la que asistimos con asiduidad, que es su aniquilación sistemática por parte de los “fuertes-egoístas-competitivos”, a fin de garantizar y sostener sus privilegios, lo que no debe confundirse con esa máxima que establece que la naturaleza se encarga siempre de seleccionar a los más fuertes para asegurar la continuidad de cada especie.

 Pero la naturaleza actuá genéticamente como una maquina de combinación y permutación constante, modificando en cada generación parte de la secuencia genética que arrastra, siendo el ambiente el que determinará, en cada caso y en última instancia, si esas variaciones genéticas serán perdurables por una mejor adaptación al medio. En este sentido, la evolución de nuestra especie y su continuidad parece querer garantizarse en primer lugar a partir de la gran variabilidad genética que se produce en la reproducción de los 7.500 millones de individuos que la constituyen. Pero también, y por otro, es la especie la que a su vez diseña, modela y transforma el medio ambiente en el que habita y, en ese sentido, se ha impuesto una organización económica y social fundamentada en la competitividad, en el “egoísmo competitivo” como estrategia de interacción predominante tanto entre los individuos entre sí como entre las distintas culturas. Así, nuestras sociedades están dominadas por sujetos adaptados a un régimen de competitividad, que exige vencedores y vencidos, verdugos y víctimas, lo que corrobora en gran medida la vinculación entre “competencia-violencia” con la preeminencia de impulsos básicos de orden instintivo; y otra de “cooperación-reflexión”, en la que prevalecen el ejercicio y desarrollo de comportamientos de índole marcadamente cultural. 

 De tal modo que mientras que la competitividad requiere en gran medida, para la consecución de sus fines, de altas dosis de violencia y de desprecio hacia los demás individuos la cooperación exige renuncia o desprendimiento, comprensión del otro y con ello un ejercicio continuado de alteridad.

 Efectivamente también se podrá argüir que se producen respuestas altruistas en individuos en los que pueden predominar conductas egoístas, y ello es así porque la conducta altruista se manifiesta también como una respuesta automática ante situaciones de peligro por las que un individuo puede llegar a poner en riesgo su vida por salvar la de otro totalmente desconocido para él. También podemos estimar que en ciertos casos puede resultar rentable sacrificarse (o arriesgarse a perder la vida) por otros congéneres exclusivamente pertenecientes al árbol familiar. Este fenómeno es conocido como la “adaptación inclusiva” (Hamilton, 1971). Pero si en nuestro análisis nos retrotrajéramos al relato bíblico del génesis, en el que se asocia el sedentarismo agrícola con Caín y a su hermano Abel con el pastoreo itinerante, podriamos convenir que en nuestras pujantes sociedades sedentarias se priman los comportamientos competitivos, mientras que en aquellas otras trashumantes primaría el modelo cooperativo.

 En resumen, el modelo adaptativo que prevalece mayoritariamente en nuestras sociedades es el modelo del egoismo-competitivo, por el que se ejerce la violencia como estrategia de dominio sobre el medio ambiente. Ese es el sustrato base caracteriológico y comportamental sobre el que se asientan las estrategias de organización económica y política de nuestras sociedades, consituyéndose desde aquel primer desdoblamiento bíblico a través de esa dualidad. Por ello, detrás del poliedro cultural o ideológico que manejemos siempre encontraremos individuos que se adaptan y perfeccionan mayoritariamente bajo el signo Cainita, en un vasto y generalizado sacrificio permanente por agradar a cada Dios.

6/28/2013

LA CORRUPTOCRACIA ESPAÑOLA


A la vista de lo que acontece, los partidos políticos en España no se mueven por corrientes ideológicas internas a las que se asocian personas. Si las ideologías dejaron incluso de ser un reclamo electoral de cara a buscar adhesiones en la sociedad, ¿cómo lo van a ser de cara a buscar afinidades en el propio partido?. Los partidos funcionan con estructuras mafiosas en el marco de clanes o familias, conservando los modos autoritarios del franquismo pero disfrazados de jubilosa “democracia interna”, que no es más que un mecanismo, una liturgia, para ejercer el control por el aparato que ostente el poder sobre la organización en cada momento.

 Los ejemplos son claros, en la derecha se cobijan en una caverna donde compiten familias por linaje con determinados personajes advenedizos que buscan resuello echando mano de discursos que invocan a instintos básicos sobre determinados colectivos como las víctimas del terrorismo o apoyos menesterosos de instituciones como La Iglesia. Los Ministros de Justicia y de Educación son un claro ejemplo del político advenedizo que busca disponer de legiones y de influencia no sólo para mantener sus respectivas carteras sino para consolidar posicionarse y promocionar en el aparato de dirección. En la izquierda ocurre otro tanto de lo mismo, las purgas en las agrupaciones provinciales para asegurar la elección del candidato propuesto por la dirección, la traición como metodología de poder, como la protagonizada por el Presidente de Andalucía, Griñán, puesto por el aparato de Manuel Chaves cuando decidió emigrar hacia Madrid y que, tras el descalabro electoral de Zapatero, se postuló en los medios de intoxicación de la opinión pública alineado con la aspirante Chacón frente al oficialismo de Rubalcaba, para luego, entre bambalinas, pactar con él para hacerle Secretario General del partido y conseguir a cambio la presidencia del mismo, echando de ese cargo a su mentor Chaves de ese puesto. Todo un alarde del mejor estilo trapero, que ahora tiene continuidad con su anunciada renuncia a candidato para las próximas elecciones de Andalucía, en fondo y forma, para cumplir con esa tradición sucesoria de los partidos políticos en España que tanto tiene de democrática como la propia sucesión monárquica.

 No hay en ninguno de los partidos corrientes liberales o conservadoras, centristas o izquierdistas en base a modelos de entender qué puede ser lo mejor para la sociedad, ni siquiera lo mejor para el propio partido. Las diferencias son de otra índole: sectarias, de clanes, de familias, etc.

 Todo ello lo corroboran además sus aparatos y métodos de financiación, que hoy van saliendo a la luz, y que todos vamos conociendo pormenorizadamente, propios de una mafia sin escrúpulos que se enriquece a consta de los contribuyentes.

 Por eso no son creíbles todas estas maniobras que se orquestan para continuar con esta farsa. Este sistema colapsa por la codicia de sus propios gestores. Qué más da para qué Griñán anuncie que se retira si ello forma parte de la vendetta interna del propio partido socialista que agoniza entre la corrupción y la gerontocracia que se niega a salir del escenario. Con qué cara se van a presentar y quines del Partido Popular en las próximas elecciones cuando Bárcenas o sus leguleyos comiencen a esparcir las pruebas de la trama de la financiación y los sobresueldos entre casi toda su cúpula. ¿Va a ser capaz la justicia de encausar a las organizaciones políticas que han ejercido modos fraudulentos de financiación?. ¿Va a poder encausar la justicia a tanto aforado político incurso en concesiones fraudulentas a Empresas y Entidades Sociales de casi todos los parlamentos autonómicos?. ¿Se va a encausar a empresarios que han participado del engaño generalizado, la estafa, la maquinación para alterar el precio de las cosas?. ¿Resistirá la corona la asfixia por inmersión entre tanta hez?. 

 Deberíamos ser objetivos y llamar a las cosas por su nombre. Aquí se ha impuesto un modelo político diferente: la Corruptocracia; que es la verdadera seña de identidad de la marca España, que nadie lo dude.

6/21/2013

QUIEN NO ROBA NO MAMA


 Tras la catarsis democrática de la transición, la sociedad española se hizo “adulta” políticamente. La izquierda asumió que ejercer el victimismo por la represión y violencia ejercida por el franquismo no tenía ya sentido y renunció a exigir justicia y reparos por ella. Ni siquiera la recuperación de la memoria histórica se presentó como una de sus prioridades pues había que pasar página y entregarse a otras componendas del presente, del mercado, sustituyendo sin ambages la ideología por el crédito, y en la orgía de su asalto al poder intercambió su anhelo de “transformar” por una velada consigna de “trincar”. La derecha, por su parte, abrió la puerta a los nuevos conversos, que no eran otros que “los nuevos negocios” y comprendió que en la suma hay más beneficios que en la diferencia. Por su parte, la reposición monárquica no sólo asumió esta componenda sino que la promocionó, de modo que la dispersión política del lavado régimen se vio recompensada con la fragmentación administrativa territorial, ateniéndose en este caso a la fórmula de dividir para sumar, diluir para condensar. Al parecer todo fue posible por la coyuntura internacional, la aquiescencia de los gobiernos de nuestro entorno geopolítico, la expansión económica del capital en los 80 y el azar que no se cuestionó, en esta ocasión, su propia apuesta.

De todo ello la cultura española se ha enriquecido, como no podía ser menos, de aquellos valores morales y éticos acordes con el tiempo irreversible que nos secuestra. Del ahorro se pasó al dispendio, la generosidad se suplió por la codicia, el “pago al contado” por el “todo a crédito”, el rigor en la palabra por la demagogia del trilero, el aprecio personal por el desprecio generalizado, el ahorro por consumo, el deseo de justicia por la impunidad, al honrado por el corrupto, lo legal por lo fraudulento, la evidencia por la ficción, la diferencia por el antagonismo. Si, la fiesta ha sido larga y en los frontispicios de nuestras escuelas figura ya una leyenda indeleble: “quien no roba no mama”.

De esta guisa se premia al que defrauda, se valora al que prevarica, se corresponde al miserable, se alaba al que maquina, se corteja al que injuria, se aprecia al que deshonra, se promociona al que esquilma, se respeta al que amenaza, etc. etc. El “sueño democrático”, regentado por los caciques del franquismo y sus herederos, nos ha sumido en una pesadilla de la que los ciudadanos parecen no poder despertar.

Así, de aquella economía del pedigüeño en pos de una limosna del mojigato hemos pasado al comisionista en transacciones financieras, al brocker que asesora a los inversores que especulan sobre los fondos de pensiones o sobre la deuda pública de los Estados señalados en operaciones orquestadas de saqueo internacional. Son estas las novedades acaecidas con el servilismo secular por el que los Estados pierden su soberanía frente a los mercados y las personas su dignidad ante el poder y sus mercenarios que cercenan sus derechos.

Sí, el paraíso ya no es celestial, sino fiscal y hacia él se dirigen las obras y acciones de tanto feligrés del hurto sobre lo ajeno. Competencia, productividad, rentabilidad, son los nuevos paradigmas sobre los que gravitan los proyectos de vida de millones de cuerpos suplantados por espectros de autómatas que han quedado inservibles y obsoletos para un mundo digitalizado. De este modo “pasar de los fantasmas de la fe a los espectros de la razón no ha sido más que ser trasladados de celda” como bien nos aclaró Pesoa. Ahí ya sólo pernoctan unas miradas de ausencia que esculpen resentimiento desde la indiferencia, o también esa moderna aspiración al protagonismo entre aquellos que sólo gozan de su insignificancia al exhibirse en las pantallas de plasma.

Y en este sinsentido las sombras, liberadas de sus cuerpos, merodean por un flujo magnético de alta intensidad en un vacío insustancial, bajo la morfología de lo biopsíquico que funciona como un transformador que alimenta transacciones energéticas para la conversión monetaria. Porque, como matiza Ferlosio, “la sociedad no es ya más que el sistema vascular para el fluido y el flujo de los intercambios económicos”, un flujo turbulento en rotación espiral con trayectorias de corriente cerradas, hacia el gran vórtice. Así es como se conforma esa actitud displicente que Simmel señaló y que embota la capacidad de discriminar y hace que “las cosas floten con igual peso específico en un flujo de un constante río de dinero -virtual-” .

6/14/2013

FRENTE A LA CORRUPCIÓN, COALICIÓN

Si la corrupción es ese sustrato sobre el que se asientan los regímenes políticos, el grado de corrupción quizá sea el signo que mejor los asemeje.

En este sentido, la exigencia democrática obligó no sólo a disponer de “libertades” negadas por la dictadura sino, que también, abrió las puertas para generalizar esta práctica, reducida otrora en aquél régimen cuartelero a las élites de la oligarquía franquista. La configuración del nuevo Estado, el reparto de poder y la descentralización política y administrativa a través de las autonomías, tuvo que ser compensada con el monopolio político ejercido por dos grandes partidos, que en el ámbito nacional garantizasen, mediante un sistema electoral que prima a las mayorías, la estabilidad y continuidad del propio sistema institucional.

Durante los años de expansión económica y de apertura política las prácticas corruptas y mafiosas han ido calando en todos los estamentos políticos, administrativos y de la propia sociedad. No olvidar que de cara a la opinión pública fue la corrupción la que propició la derrota del gobierno socialista de González en los 90´. Pero la veda ya estaba abierta y lo mismo que la policía se nutre de delincuentes sin futuro la política se ha nutrido de cuatreros sin montura. En el otro lado, en la sociedad civil, el mundo financiero ha sido el pulmón que ha facilitado el negocio a través de ese instrumento sagrado llamado crédito y desde entonces, tanto un sector importante del ámbito empresarial como otros de la propia sociedad aceptaron y asumieron las prácticas corruptas, incluida la de la especulación en su hacer cotidiano.

Asi, una vez estallada nuestra singular crisis financiera por la ingente deuda privada asumida, el sistema funcionó garantizando la estabilidad política necesaria que contrapesara la inestabilidad económica acaecida. Ha de reconocerse que todo el engranaje produjo lo esperado: una mayoría absoluta de la derecha que garantizase que los cambios estructurales que se exigen desde los prestamistas, fundamentalmente el sistema financiero alemán. Pero esta estabilidad política se ha visto salpicada por el hedor de las turbias aguas pútridas que lo bañan, que lo alimentan. El pueblo, enajenado, cumplió con el papel preestablecido votanto mayoritariamente a un partido en un delrio o fantasía de diseño electoral. Pero entre los políticos y sus partidos ha ido apareciendo, en estos dos últimos años, toda esa corrupción que fue acumulándose durante tantos otros. Por ello, no sólo tenemos una crisis financiera y por ende económica, sino que también tenemos una crisis de corrupción política que afecta a todos los partidos y en todas las Comunidades y que contrarresta la aparente estabilidad de esa mayoría absoluta parlamentaria.

De este modo desde Europa y desde los organismos Internacionales de Expoliación valoran sin duda la estabilidad política del Gobierno de Rajoy para implementar sus mandatos y recomendaciones, pero también valoran la corrupción política de todo el Sistema en su conjunto de cara a arriesgar nuevas inversiones que lo levanten. Parece que en este yacimiento se están llevando el capital, dejan a los trabajadores en paro y no tienen mucho interés en volver a reflotarlo.

En estas condiciones lo que se le ocurre al partido mayoritario de la oposición, al PSOE, no es marcar una distancia política que le posicione favorablemente ante la previsible situación de colapso venidera, sino que en un último esfuerzo, conforme al contrato establecido en la transición, ha propuesto un pacto de Estado. Pacto que certifica el consenso o la unidad política y apoyo mayoritario de un parlamento al  gobierno, pero también un blindaje de facto frente a la corrupción, en una estrategia de autoprotección compartida, que incluye también a la Corona, frente a la previsible situación de inestabilidad política tras las próximas elecciones generales, en las que ninguno de dichos partidos obtendrá mayoría, por lo que un gobierno de concentración nacional se ofrecerá como único garante de seguridad frente a la inestabilidad periférica de muchas de las Comunidades Autónomas y de un clima social de creciente desapego, confusión y desorden.

Si, el Estado se blinda con este pacto y “la izquierda” representada por el PSOE, en vez de propiciar la catarsis social necesaria, exigida por la mayoría de la ciudadanía, hacia una refundación democrática, hacia un nuevo marco constituyente que incluya una reorganización territorial y unas nuevas relaciones con Europa, cumple con su papel de centinela y garante de un sistema político y económico obsoleto y corrupto. De ahí que frente a la corrupción la única opción compartida para nuestros grandes partidos sea la coalición.


5/29/2013

LA IMPOSICIÓN COMIENZA EN LA EDUCACIÓN



Durante los últimos treinta años la situación de la educación en España es un claro exponente o reflejo de la escenificación política, de como la transición y la posterior democracia no han cumplido con las expectativas puestas en su momento por la mayoría de la ciudadanía en este ámbito y como, en el intercambio bipolar del bipartidismo, se nos muestra el fracaso del propio sistema al no proveerse, ni siquiera, de un acuerdo elemental en esta materia de tanta trascendencia para todo el país.

 En este sentido podemos considerar dos grandes factores que determinan la inestabilidad del sistema educativo y condicionan los resultados que este ofrece:
  1. Las tensiones originadas por la descentralización de la gestión en las Comunidades Autónomas y en especial en aquellas con lengua propia, en las que se fundamenta en gran medida la consolidación de su propia identidad.
  2. El tratamiento de la religión en el curricula según las distintas reformas legislativas.
La construcción de un nueva estructura del estado que atendiera y colmara las sensibilidades y expectativas de las distintas identidades nacionales exigió, además del esfuerzo descentralizador de la gestión de los recursos públicos en esta y otras materias, la armonización de intereses que se nos manifiestan como contrapuestos porque son originados por la antítesis que genera el intento de consolidación de distintas identidades en un espacio cultural común. De tal modo que cada una de las Autonomías Históricas ha utilizado su propia lengua para reforzar su identidad y no, precisamente, en el marco de un equilibrio complementario de bilingüismo que favorezca la cohabitación en el espacio escolar, sino en el de priorizar el idioma vernáculo sobre el español en todos los órdenes de lo público, incluida la escuela.

 Pero, en la misma medida en que se delegaron competencias para adaptar el curricula en algunas materias en las distintas Comunidades Autónomas a sus propias singularidades, además de las referidas al idioma, el Estado Central no ha considerado nunca que la cohesión de la llamada nación española también implicaba asumir los hechos diferenciadores de aquellas Comunidades, entre ellos y por toda su importancia sus propias lenguas, que al ser un patrimonio común merecen dicho tratamiento en los hechos y no sólo en las intenciones. Quiere esto significar que tanto el catalán y el euskera deberían haberse tratado por el Estado como lenguas susceptibles de aprendizaje al menos en algunos Centros Educativos de cualesquiera otras Autonomías, además de poderse usar como lengua común no sólo en el Senado, sino también en el Congreso de los Diputados, así como favorecer su aprendizaje entre el funcionariado de dichas instituciones y de todas las Administraciones Públicas, autonómicas o municipales. Porque no es de recibo, bajo un elemental principio de igualdad, exigir la protección del español en esas Comunidades Históricas frente a su propia lengua sin presentar a cambio la promoción de su lengua y su cultura en el resto del Estado.

 En este contexto y llegados a las cotas de soberanía exigidas en dichas Comunidades, con independencia de su alcance real y posible apoyo social, la lengua se troca como un instrumento de diferencia y no de cohesión, como un déficit que enfrenta y no como un haber que aproxima. Y así el modelo educativo sustentado en el idioma, soporte fundamental de la docencia y del aprendizaje, se convierte en vector de disparidad para consolidar el enfrentamiento político.

 Con relación al segundo factor antedicho, la influencia de la Iglesia católica en el ámbito de lo público, y en relación con “la izquierda” socialista, la cuestión debe enmarcarse en el conjunto de estrategias negociadas en su día con el régimen franquista que sentaron las bases para su apertura. 


En este sentido, las cuestiones económicas y geoestratégicas fueron abrazar tanto el “libre mercado” como el ingreso en la OTAN, aunque su eslogan electoral fuera de “entrada NO”. No hubo, como contrapartida a ambas “claudicaciones”, la exigencia en los pactos realizados de establecer un marco jurídico de Estado aconfesional, que garantizase y contribuyera a resolver el secular problema de la intromisión pertinaz de la Iglesia Católica en las cuestiones de Estado. No despejar esta incógnita entonces fue, sin duda, uno de los errores más graves de la Izquierda en su conjunto, para haber podido establecer las bases que despejaran el camino para abordar con éxito la cuestión educativa. 

 Conviene precisar que en la vida pública, sin serlo de facto, la Iglesia católica ejerce en España el mismo papel que un partido político, no se presenta en las elecciones pero tiene diputados en las Cortes y el Senado y, como un sindicato, es capaz de movilizar a las familias en torno a sus tesis y contra el gobierno de izquierda de turno. En esta tesitura sólo la debilidad en la derecha, al perder electoralmente, ha permitido que la izquierda pudiera legislar sobre aquellas cuestiones demandadas por importantes sectores de la población como la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio homosexual, la igualdad de la mujer y la introducción de la asignatura de la educación para la ciudadanía, etc. Es necesario recalcar al respecto que las decisiones tomadas al legislar ias por los gobiernos socialistas no han sido imposiciones sobre todas las personas en cada una de esas materias (interrumpir el embarazo no es una obligación para todas las mujeres embarazadas, el matrimonio homosexual tampoco parece que sea una obligación para todas las parejas y la asignatura de religión se mantuvo en los centros públicos de manera voluntaria para los alumnos). Esa es la gran diferencia al legislar sobre estas materias entre la izquierda y la derecha. La izquierda amplía derechos para sectores de población, la derecha, con la concurrencia y amparo de la Iglesia católica, primero cercena esos derechos y luego impone sus obligaciones éticas y morales...

 Pero volviendo al centro de la cuestión, y aún siendo así, la izquierda representada por el PSOE, ha tenido siempre, cuando ha gobernado, un comportamiento complaciente y connivente con los intereses de la Iglesia, participando de sus liturgias, paseado en sus procesiones bajo sus palios, financiado generosamente su sostenimiento, exonerándole además de impuestos y tributos, en una estrategia que ha intentado, con relativo éxito, comprar el silencio episcopal o, al menos, minimizar su histórica beligerancia hacia el laicismo, confiando, por su parte, en el paulatino desgaste que dicha institución podría tener, tanto por la propia dinámica social -por la incidencia cada vez mayor de valores éticos y morales alejados del ideario religioso- así como, por su propio inmovilismo y decadencia interna, lo que coadyuvaría hacia una mayor invisibilidad social y, por ende, a mermar su capacidad de influencia. 

Ahora bien, precisamente por esos factores, fruto de la connivencia entre el poder político y la Iglesia, ésta ha reaccionado, no sólo para mantener su privilegiada posición de influencia, sino además para ocupar los espacios que, con la timorata ambivalencia mantenida desde la izquierda durante los últimos años, fueron ocupados en lo social por lo secular y lo laico. 

 Hoy, de nuevo y ya con la derecha en el poder y con mayoría absoluta, la Iglesia ha impuesto tanto la asignatura de religión en el curricula escolar, la segregación por sexo en las aulas y la penalización legal sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Con ello, el fundamentalismo católico ha vuelto por sus fueros y los del palio y la peineta ya pueden dormir más tranquilos porque sus hijas aprenderán catecismo en el aula y podrán ir de nuevo a abortar a Londres.